Martina Buitrago (3º ESO D)

Es viernes, subo a la montaña el estrés que me envuelve durante la semana, me paro a pensar en la sociedad en la que vivo, me quiero sentir libre en una sociedad que te tacha, juzga y discrimina por serlo, por no encajar, por no vestir como ellos, pensar lo mismo que ellos, escuchar la misma música, o no tener sus mismos gustos, en un mundo en el que cada vez hay más herramientas para que cada persona encuentre lo que realmente le gusta y, sin embargo, más te juzgan cuando lo haces.

Pasa un rato y sigo pensando en la felicidad de las masas y en sentirme libre, lo cual de manera inevitable (desgraciadamente) va sujeto al sistema, porque siendo libre, no generas, no gastas, no consumes, y eso jamás va a favorecer al sistema en el que vivimos. Nos pasamos la vida deseando cosas, unas sencillas y otras sin sentido, sin sentir, que la vida es esto, la vida es justo lo que estás haciendo.

La gente quiere salir, quiere reír, quiere querer, quererte así, quererte aquí, a ti, y eso es solo una treta dada por la oquedad para impresionar a un cuerpo inerte, cegado por la rapidez de estímulos que nos envuelven, se quieren convencer de que la vida no es esto, ni la oniria de las pequeñas cosas, porque eso no conviene, no les conviene, les conviene que tú caigas en el artificio de que si haces lo que ellos te dicen, alomejor algún día, podrás llegar a tener esa mansión o ese coche carísimo, porque el tener calidad de vida, ver la libertad y el amor por encima del dinero, pasar rato con la gente que te quiere, de eso no se puede presumir tanto ¿Verdad?