In memoriam José Luis Martínez Valero
José Luis Tudela Camacho, discípulo siempre.
Acabo de enterarme de que has muerto, José Luis. Lo leo en la edición digital del periódico La Verdad, para el que tanto y tan bueno escribías. Has muerto, dicen,pero no estás muerto, José Luis, tanto que parece que me dirijo a mí mismo, por esta homonimia que ya nos enlazará para siempre, y más cosas. En realidad, noto cómo se desvanece una parte de mí, pero sé que está viva por la herida que te siento.
Me dicen que tu vida se apagó esta misma mañana del veinticinco de marzo de dos mil veintiséis, precisamente cuando yo andaba por Murcia ayudando a aterrizar a unas alumnas mías en la Olimpíada de Latín. Este dolor y gozo de magisterio es otra cosa que nos une. Admiro en ti a aquel maestro siempre en disposición de alimentar el conocimiento ajeno y propio. No fui alumno tuyo, sino discípulo y, por tanto, también alumno tuyo. Yo te escuchaba durante mis visitas a tu casa junto al río: el penúltimo poema, la última crítica literaria, los amigos comunes. Soren, Aurelio, Juana… Me sorprendía un artilugio sobre una mesa que ocupaba buena parte de tu biblioteca. A qué no sabes para qué sirve esa máquina, decías. Hacer aguafuertes era otra de tus pasiones. Con una delicadeza extraordinaria, tal como componías versos, también arañabas la virtud de los metales y las tintas para que brotase belleza y plenitud.
Esta tarde me ha dado por revisar los poemarios que de ti guardo con celo. He hallado (lo esperaba), como copas de cristal bajo el agua, un par de cartas tuyas dentro de uno de esos libros. Fueron escritas hace casi treinta años. Las he leído como si acabara de recibirlas. En realidad, acabo de recibirlas: su lectura ahora, sin embargo, es muy diferente. Su significado, aunque doloroso, me hace ver que no existe, salvo en este artificio del lenguaje,tiempo en presente, sino sólo el pasado. Que no estoy, que estás, estamos hace casi treinta años, con la distancia inexpresable de una correspondencia postal. Dónde duermen las cartas que yo te envié.
De uno de los libros extraigo la dedicatoria, que escribiste para mí, con apenas el esbozo, en tinta azul de bolígrafo, de un lector a la sombra de un árbol de buen porte. Fue en uno de nuestros últimos encuentros, me parece. Lo escojo para ilustrar este homenaje mínimo, escueto y algo torpe, pero prometo que buscaré el árbol, llevaré un libro, leeré algo, tal vez en voz alta. Yo sé dónde.
Escucha. He tenido que salir al patio antes de comenzar estas palabras. Los primeros vencejos saludan el atardecer mientras, en otro lugar, amortajan tu cuerpo, lo exponen, recibe las primeras exequias. Escucha ahora. Sobre los gritos de los vencejos he dejado caer el Réquiem de Gabriel Fauré, tal como este “joven poeta” lo escuchaba, al menos una vez por semana, durante aquel invierno de 1992. Eso es ahora, otra vez. La música de Fauré duele como la vida, por eso la escuchaba tanto. Estás en ella sobre marzo ya casi cumplido, en plena primavera, y saludas el atardecer. Te oigo como entonces.
En tu libro “Puerto de sombra”, publicado en 2017, incluiste un poema titulado “La voz del patio” que me sobrecoge siempre que lo leo, y ahora más. Gracias a la sexta página de ese mismo libro, sobre los créditos, sé que la editorial La Fea Burguesía había plantado, por la primera edición del libro, un acebuche en el paraje El Horno, tan cerca de mi infancia.
No me despido. Recuérdanos. Escribías al final de tu última carta, en enero de 1998: “Cada día la poesía me parece más necesaria para estos tiempos de miseria. Necesitamos al vate que trace la nueva cartografía”.
Ya es noche. Estás en las alas de los vencejos.
Buscaré ese acebuche con la sed herida de tus versos, maestro, amigo.
LA VOZ DEL PATIO
Sería como perder la voz del patio,
dejar que las cosas sucedan
sin que asistamos,
como una enfermedad
que nos retiene en casa.
Un espectáculo del que
podemos prescindir,
aunque nos ha distraído.
Será mi última voluntad
apagar el televisor
desde el que he contemplado el mundo.

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