Manuel Martínez Morote (profesor de historia)

Hay un ciprés, en un huerto magnífico, que se alza recto y oscuro hacia el mundo de los pájaros. La conífera es un gnomon de belleza inmutable y eterna. Roza, cuando la voluntad el viento lo requiere, la panza de nubes blancas que, como borregas sueltas, salpican el cielo azul, casi añil, de días luminosos en los que la huerta se declina entre la flor del celindo y la manzanilla.

En torno al ciprés, el campo se entrega como limbo, lento y sosegado, y allí, entonces, la sombra alargada va marcando la senda del tiempo, el transito de las estaciones y devenir breve de los hombres sobre la tierra.

Estando dentro de este lugar encapsulado, hecho a medida para retirarse de ruidos y pantallas, pienso en el mundo real que existe más allá de los extintos quijales de la acequia. Me vienen a la cabeza las palabras antiguas que dejaron de usarse, como siempre pasó entre distintas generaciones, y el cambio de significado que se le ha dado a otras que conservan sin embargo su significante.Llego a la conclusión de que no es algo casual ni espontáneo, sino que forma parte de un nuevo paradigma moldeador de voluntades en las últimas décadas del antropoceno de Paul Crutzen.

Se me antojan algunos ejemplos cotidianos de la malversación de las palabras y su incidencia a la hora de conformar percepciones políticas, sociales y económicas. Resulta que un Estado, o una región, o un municipio, ahora son una marca. La marca España, o la marca Murcia, dicen algunos con orgullo inocultable y van repitiendo otros conversos forofos. El país geográfico y humano reducido a la mercadería, porque todo es susceptible de venderse y siempre hay alguien dispuesto a comprar. Continentes, países, ciudades, barrios, todo forma parte del del ensamblaje, como las mismas personas, felices si piensan que se benefician del sistema porque también ellos compran y venden sin cesar; eso sí, unos en la Milla de Oro de Madrid y otros en el bazar de nombre irrelevante de su barrio, porque todos los dedos de las manos no han sido nunca iguales…y nunca lo serán.

Como todo es susceptible de ser una marca, todos tenemos que ser emprendedores. Emprender, emprender, emprender, vocablo convertido en tautología incuestionable del sistema…eso sí, emprender siempre en relación a la idea de negocio, porque cualquier otro aspecto es cosa marginal en este cosmos mercantil. Fomentar el pensamiento humanista no es rentable y por ello no se identifica a las humanidades con el emprendimiento, pero sí con la asumida economía salvaje y desigual en donde los pobres son culpables de su miseria, porque, si ellos quisieran, ya podrían interiorizar otras de esas palabras universalizadas para hacerse a sí mismos; la resiliencia.

La resiliencia actual se me antoja como la versión última para adormecer los efectos de las injusticias y asegurar la paz social. Las iniquidades presentadas como gracias a los desgraciados, auténticas oportunidades para aprender de sus errores y seguir formando parte del universo wonderful; soma, ambrosía a discreción para un mundo feliz…

Porque, además, para cada uno hay millones de aserciones fáciles de entender que generan en el individuo la sensación de que son producciones de su propio pensamiento, aunque nunca se pare a pensar en el hecho incuestionable de haber tomado de cualquier lugar las frases generadas por gurús vendehúmos y, ahora, por IA, y no de sus engolosinados cerebros. Construcciones ridículas elevadas a pensamiento filosófico. Basta entrelazar dos términos contrarios, en treinta segundos, y ya tenemos una sentencia vital, ya podemos dar clase de filosofía; en la pequeñez radica la grandeza; lo más dulce se puede tornar amargo; la distancia nos acerca y nos separa; no importan las caídas siempre que te levantes…qué simpleza tan ordinaria y qué aburrimiento más grande…

En este paradigma juegan un papel esencial los eufemismos, amables y cordiales. No se me ocurre mejor ejemplo que la sustitución del término privatización por el de externalización. Es el colmo.Tan sencillo como utilizar una palabra por otra. Sin explicaciones, ni argumentos. Nada. Externalizar porque todo es mercado. Eufemismos injertados en discursos donde siempre aparece la palabra libertad, porque así es más sencillo aceptar lo que se dicte como un acto de soberanía personal; qué gran mentira.

La lista de términos es inagotable. Trabajadores que se autodenominan clase media, manifestaciones -cada vez menos- que no son sino batucadas y jolgorio. A la extorsión se llama beneficio,  la eliminación de derechos es liberación, la intransigencia se torna identidad, la desigualdad es oportunidad, el genocidio se presenta como autodefensa, es populismo la denuncia social, la ignorancia  autodidactismo o, lo peor de todo, en educación, el reemplazo terrorífico y bestial del concepto de conocimiento por el de producto, porque hasta en los centros educativos hay que caminar sobre términos economicistas; producto final, producto, producto, producto…

Como un eterno reloj de sol, el ciprés señala el tiempo, otro tiempo.  Miro los troncos de los árboles porque es en ellos donde mejor se aprecia que nada se mantiene inmutable en la naturaleza. En los mundos digitales y en los discursos falseados hace tiempo que no encuentro consuelo ni esperanza, por eso huyo y me refugio al amparo de algunos libros y de la música, de los bosques, del silencio y de la huerta de mi padre, en una sencillez honrada e íntima, consciente plenamente de lo que significa la sempiterna sombra del ciprés.