Manuel Martínez (profesor de geografía e historia)
Desde hace algunos años, los profesores del Departamento de Geografía e Historia del IES Los Albares, acuden al último claustro con una camiseta negra que lleva impreso algún pensamiento, digamos, incómodo. Este año hemos
elegido una reflexión de Howard Zinn, un principio que se me antoja definitorio de lo importante que en la educación es fomentar el librepensamiento, el análisis, la capacidad de cuestionar lo que es palmariamente injusto; algo que
puede resultar comprometido.
“La educación puede, y debe ser peligrosa”, afirma Zinn. La conquista de los logros sociales que conocemos en los regímenes parlamentarios occidentales se consiguió siempre con lucha. Lucha no solo física, como la de las
barricadas, las huelgas que fueron ilegales o el sindicalismo férreamente prohibido, por citar algún ejemplo, sino también la lucha intelectual, la de las ideas, la del pensamiento que en un momento dado puso en cuestión el orden
establecido y desobedeció normas que parecían inmutables, incuestionables.
Corolarios nuevos que resultaron peligrosos, inadecuados para los reaccionarios seculares que cimentaron un mundo estamental, primero, y clasista después. Algunos de nuestros antepasados se jugaron la vida y algunos la perdieron en aras de que las gentes a las que amaban vivieran dignamente. Desobedecieron y fueron considerados peligrosos, delincuentes desde el punto de vista de las instituciones y las gentes de orden de cada momento, esas que sustentaron su dominio en la contemporaneidad con regímenes parlamentarios no democráticos en el siglo XIX, o dictaduras en el siglo XX.
La educación tiene que ser peligrosa en el XXI, contestataría en este tiempo de redes sociales donde como esporas maleadas se expanden falsedades, discursos reaccionarios, antidemocráticos, racistas, totalitarios, arengas
resucitadas de los años 20 y 30 del siglo pasado, relatos donde se exhibe obscenamente, como entonces, la vieja tercera vía al amparo del desconocimiento de la propia historia. La educación tiene que ser audaz; es una necesidad imperiosa y vital.
Me pregunto hacia dónde puede involucionar una sociedad que sale del colegio, del instituto o la universidad, con la indiferencia terrible de no ser capaz de sufrir con el que sufre. ¿Cómo no alejarse de una educación sedada,
inocua, en donde la humanidad, entendida como compasión, nunca caridad, queda fuera de los planes de formación, donde no se habla de responsabilidades individuales y colectivas? ¿Cómo aceptar una educación que condena el
aprendizaje memorístico y genera personas incapaces de retener cualquier información, incapaces por lo tanto de generar su propio conocimiento al carecer de archivos para hacerlo? Porque, ¿cómo se va a generar conocimiento sin partir del conocimiento aprendido, el retenido, cómo elaborar un discurso crítico si ya no somos capaces ni de memorizar el número de teléfono de nuestros padres, si el móvil ya ha abducido a niños que se creen
adultos, adultos que se comportan como adolescentes y viejos que encolerizan defendiendo que la edad es solo una cuestión mental? ¿Cómo asumir esta modalidad de servilismo…?
Una educación sumisa nos incapacita para la lucha, este es el quid de la cuestión. Busquen ustedes, si conservan algún libro de texto de historia, por ejemplo, alguna fotografía de esclavos encadenados, de soldados de veinte
años destripados, tirados en el fango; no la encontrarán. ¿Piensan que no aparecen porque no las hay? Miren a ver si localizan entre el listado de insignes nombres como Carlos I, Felipe II, Luis XIV o cualquier otro, alguna referencia al hambre que pasaban sus antepasados, a su exigua esperanza de vida. Váyanse a los temas de la prehistoria o, yo qué sé, al del Antiguo Egipto, y miren qué dibujicos tan bonitos ilustran estos periodos. La evolución lineal desde el primer casi mono hasta el guapo sapiens. Seis, siete u ocho individuos, según la editorial, dibujados en línea uno al lado del otro. A la izquierda, el más atrasado y encorvado, a la derecha el más evolucionado y recto, como si todo hubiese sucedido sobre una única especie que fue cada vez más lista; híbrida combinatoria entre el divino creacionismo y la terrenal evolución, chin pun (por cierto, siempre con figuras masculinas). Miren a esos
porteadores que llevan sobre sus hombros al faraón, qué sonrisa tan encantadora, qué dichosos sobre la arena del desierto, qué historia tan feliz…
Sin embargo, nunca existió la historia feliz. Me parece tan necesario recordar siempre este punto de partida para llegar a todo lo demás… Del conocimiento y voluntad de los profesores depende la educación. De la educación surge, en gran medida, la persona que somos y, somos, para bien o para mal, lo que hacemos, lo que conservamos y lo que cambiamos.

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