José Luis Tudela (profesor de latín y griego)

(No recomendado para idiotas. Absténganse de leer quienes ejerzan de contumaces idiotas)

Casi idiota soy.

Casi idiota, ¿es más que medio idiota? ¿Menos que tres cuartos de idiota? ¿Más idiota que los idiotas? Esto último no: parece ser que sólo la inteligencia artificial puede ser más idiota que los idiotas[1], aunque todavía no lo ha conseguido, pese a estar en el camino. Será por idiota.

Podemos manejar con cierta soltura el concepto de idiocia… Aunque depende de ciertas cosas. Por lo visto, en este texto, la distancia está en el adverbio casi. Para ponernos en referencias correctas, recurro a la sacrosanta RAE, que fija en su célebre Diccionario una definición plausible:

Del lat. quasi, “como si”, “aproximadamente”.

Poco menos de, aproximadamente, con corta diferencia, por poco.

Es una explicación escueta, pero suficientemente clarificadora. Se me ocurren varios ejemplos que van a desbrozar todavía más el sendero de este curioso adverbio.

Casi apruebo Cartografía siberiana. ¿He aprobado? Pues no, evidentemente.

Casi me mato al tocar el examen. ¿Estoy muerto? No, de ninguna manera. Sigo vivo, en lo mío, y por eso puedo escribirlo (Puede ser que, de momento, tocar un examen no sea causa inmediata de muerte, pero ojo). Los muertos no dicen que están muertos, de la misma manera que los idiotas no dicen que son idiotas.

Casi me equivoco al votar. ¿Me he equivocado al votar? Ah. Me temo que, en esta ocasión, la frase pertenece al género de la literatura fantástica, debido a la dificultad que supone comprobar esa afirmación. Es como aquello que no logro entender del todo, lo del gato dentro de la caja, o no. O gato o no, o vivo o muerto, no sé. Schroeder o Schrödinger, alemán dentro de una caja de cartón. ¿Murió ya Schrödinger? Ah, sí. Entonces, felino radiactivo. Creo que el felino estaba antes de que llegara el alemán y se metiera en la caja. Pero yo he votado y no he votado, voto cuántico que no se sabe por dónde va, ni en dónde se detiene, porque con los meses puede repetirse y no votar, o votar otra cosa, o que en el sobre no haya nada, ni partículas neutrones ni bosones ni la madre que los engendró, o votar como un idiota, o casi, que es lo mío, y podría ser lo mejor, según.

Basta.

Necesito un filósofo, una matemática, un físico y un buen par de pescozones, por lo visto, para desenredar estas idioteces mías.

Pero regresemos al adverbio.

Cuando decimos que alguien es casi idiota, ya le hacemos el favor de limitar su actividad vital en el supuesto lado bueno, aunque se quede pisando con el pie más tonto la raya que marca el límite de su idiocia. Si no traspasa enteramente, no es gol, ya se sabe. Repasen el reglamento, si tienen dudas sobre este particular.

De todas formas, la corriente de idiocia que nos rodea no se va a acabar nunca, por muchos límites que le pongamos. Estuvo siempre, más o menos intensa, y seguirá por mucho tiempo, no lo dude nadie. La cuestión es atravesarla sin ahogarse, o sin tragar el licor idiotizante. Tengo que confesar que, a veces, salgo a la calle con la primera intención de no respirar, por si acaso. Y no digo más.

Lo que yo haría por un puñado de adverbios, maemía…

(En la peli de 1964, al final, el hombre sin nombre se carga a todo el clan de los hermanos Rojo)

[1] Phillip K. Dick, in memoriam