José Luis Tudela (profesor de Latín y Griego y sembrador de palabras)
Por fin, la lluvia.
Aquello que habíamos sembrado a comienzos de otoño ha ido germinando y ahora verdea en los predios, con avidez de palabra reciente, porque es palabra, no cereal, lo que, en el fondo, más alimenta: mieses, doradas como el sol, espigas ya en grano, molino, harina, tahona, pan. Hay pocos términos que alimenten con su solo sonido como el pan, evocadores de sensaciones únicas a todos los sentidos de cuerpo y alma. Con la almendra ocurre algo semejante.
Ha llovido, y quienes hicimos buena sementera sabemos que vamos a conseguir, todavía con notorio esfuerzo, una aceptable cosecha, cuando llegue su tiempo, allá por mayo o junio. Cierto es que algunas hazas no van a brotar bien o, sencillamente, ya han devenido en calvas. Será por la sembradura, que ya se conoce que la mies no arraiga bien en légamos ni en láguenas, y sueleperderseporlas escorrentías que una lluvia abundantevaarpando enlas pendientes. También influye la extrema sequedad del lebeche en algunos oteros expuestos a la inclemencia. Cosas del arte geórgica.
Comienza el año juliano con esta lluvia vivificadora. Se nos regala desde los cielos, prácticamente inesperada. Hemos visto cómo se afilaban los pinos por falta de alimento, durmiéndose poco a poco, algunos para siempre. Hemos pisado con disgusto terreros quebradizos, calcinados por los soles y los cierzos, todavía en noviembre, cuando cada suelo debería ser como una esponja húmeda y tibia, preparado para un nuevo tapiz de invierno.
Es segundo año después de bisiesto. Maldecía mi abuelo los bisiestos por su perfidia y contumacia, según él, absolutamente probadas después de siglos de desorden en las cosechas. Yo, en cambio, no logro acordarme nunca de malicia alguna de año ni temporada, después de su tránsito. No sé de esas cosas. Tal vez debería apuntarlas en una libretita, como tantas otras que escribo a mi aire (versos, párrafos, referencias, citas…) y luego entierro y pretendo haber olvidado. Este 2026 no será bisiesto, en principio, y eso debería tranquilizar a mi abuelo. En el año que comienza, él esperaría, si todavía viviera, una buena mies, añada de trojes rebosantes, como aquel otro de mi recuerdo, ya un poco borroso de tan lejano, cuando nos hundíamos bajo los montones de panizo en las cámaras de su casa del campo. Los mayores acumularon en el piso alto más de medio metro de granos de maíz, duros y amarillentos, que alcanzaban los somieres de alambres retorcidos de las camas, donde los zagales de la familia, en las tardes de otoño, todavía fingíamos dormir la siesta. Preferíamos, sin embargo, hundirnos en aquella superficie inédita del panizo, como si nos tragara un mar inocuo y estático, con un ruido enorme, un reventón de calderas del infierno. Entonces subía la abuela, pesadamente, con una escoba agarrada por casualidad (qué estaría barriendo), y los demonios huían avergonzados.
No he vuelto a vivir algo semejante, por eso lo guardo tan hondo, y en raras ocasiones lo dejo escapar al aire de palabras como estas de ahora.
Abuelo, este 2026 no será bisiesto, y ha llovido mucho en Navidad. Sembré bien y espero, como labriego paciente, lograr cosecha que me defienda. Durante estos primeros días invernales, conformado con el calor del hogar, he pensado a veces en aquellos campos tuyos, reflejados en los de mi nueva sembradura, y todos se me hacen uno solo, que yo me sé. Se puede decir que estoy deseando regresar, ya en enero, a los predios donde dejé mi cereal apuntando con timidez. Va a calar el frío, incluso puede que todavía venga algún centímetro de nieve algo atrasada, pero se espera buena espiga este año, de todo lo que hemos podido esparcir.
Teogonía. Aoristo. Tanatofobia. Período. Cosmos. Titanomaquia. Colofón. Papirología. Anatema. Diámetro. Afrodisíaco. Filántropo. Necrópolis. Metátesis. Monógamo. Endoscopia. Hidrología. Melómana. Pediatra. Arcaísmo. Astrofísica. Pseudónimo. Psicología. Anáfora. Filológico…
De todas las palabras que he podido dejar caer a tiempo, muchas han tenido la fortuna de irrigarse bien con las últimas lluvias, y me hubiera gustado extender unas pocas más por la tierra fragante, recién majen cada, pero no parece conveniente tanta ambición para un simple maestro. Algunas de esas palabras serán, lo sé, alimento que hará crecer otras, que hará crecer cierta inteligencia de las cosas en unas pocas personas, a quienes servirán para fortalecerse de la intemperie del mundo, de la sucesión de años bisiestos y malignos, como decía mi abuelo. Ahora mis discípulas juegan, como hacíamos sus nietos en aquellas cámaras desbordadas de panizo, y yo las miro. Les permito que den una patada aquí, un empujón allá, y que se hundan hasta la coronilla en los montones de palabras, duras y amarillentas, buscándose ciegamente a través de las sílabas recónditas de la antigua lengua griega. El juego también es alimento del alma.
Después habrá tiempo de cuidar esta cosecha excepcional o, simplemente, de no estropearla con artimañas de labradores indignos.
Salud y buen año.

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