José Luis Tudela (profesor de Latín y Griego)

(11 de octubre de 1874: la batalla de Cieza)

En Albacete, después de un sumario precipitado por la guerra, fusilaron a Miguel Lozano, el 3 de diciembre de 1874, cuando los primeros fríos comenzaban a barrer los llanos levantando nubes de polvo que crecían en el horizonte. Lozano vio el fin de sus días cerca de Pozo Cañada, cuya estación había destruido dos meses antes,asesinando a todos los empleados del ferrocarril.

El episodio al que el título refiere queda narrado, con una prosa excelente, en la última obra de Francisco J. Salmerón Giménez, El carlismo y las guerras carlistas en la provincia de Murcia, publicado en octubre de este año. En él, el historiador desgrana las vicisitudes que acontecieron en esta provincia en torno a las tres guerras carlistas que se sufrieron en el siglo XIX, comenzando por los antecedentes durante el reinado de Fernando VII y concluyendo con el suceso que nos ocupa y el inmediato fin del conflicto.

Miguel Lozano cumplió 32 años en 1874, era natural de Jumilla y militar licenciado, pero enseguida se alistó en las tropas rebeldes del Carlismo; José Santés, futuro mercadero, comandante carlista de Valencia que había logrado tomar la ciudad de Cuenca, lo puso al frente de un batallón de más de 2.000 infantes para que distrajera a las tropas del gobierno con una serie de operaciones en las provincias del Sureste español. De esta manera, se pretendía rebajar la presión militar sobre los territorios carlistas del Cantábrico. En principio, Lozano se dedicó a recaudar fondos para su causa y a sabotear los movimientos de las tropas gubernamentales, sobre todo con la interrupción de los principales medios de comunicación: líneas férreas y de telégrafo. Operaba en el sur de Albacete con la intención de penetrar en la ciudad de Murcia para llegar hasta la Fábrica de Pólvora; para eso, debía tomar la población de Cieza en su camino. Cuando, el 17 de septiembre, la noticia de su cercana presencia llegó a esta villa, se movilizó a 50 ciezanos voluntarios.

Sin embargo, la partida de Lozano se dirigió, soslayando Cieza, por Nerpio, hasta Puebla de Don Fadrique, y desde allí al norte de Almería y a Lorca, donde pudo tomar el ayuntamiento y asaltar las cajas municipales. Salió después hacia Huéscar,dondetambién hizo un gran botín, pero partieron pronto, porque los perseguía una columna de tropas del Gobierno. En Agramón incendiaron trenes para inutilizar las vías férreas, y se dirigieron a Jumilla, donde llegó Lozano el 9 de octubre con 1.500 hombres; el jefe de los carlistas pretendía descansar en su tierra natal durante varias jornadas, pero tuvo que partir enseguida porque la llegada del ejército era inminente. Entró luego en la provincia de Alicante, haciendo rapiña en varios pueblos del valle del Vinalopó, y recibió después un cálido recibimiento en Crevillente, Albatera y Orihuela.

Desde esta última ciudad, Lozano se atrevió a atacar la importante estación de Los Ramos, aledaña a Murcia, y se desplazó hasta Fortuna, donde no pudo entrar. Después, ya bastante agotados, los carlistas penetraron en la vega media del Segura, saquearon Blanca, tomaron el ayuntamiento de Abarán y allí se disponían a recaudar un buen botín, cuando les llegó la noticia de que las tropas del teniente coronel Portillo habían salido de Hellín y ya estaban en Cieza para cortarles la retirada. Miguel Lozano decidió desplazarse con todas sus tropas hacia Cieza, cuya población había huido al campo. Los abaraneros se libraron, en el último minuto, de la sexacciones de los carlistas. Era 11 de octubre de 1874.

Los ultrarrealistas entraban en Cieza desde el paraje de Bolvax, por el camino de Abarán, y ya controlaban algunos edificios de la villa, pero en ese momento la primera columna del ejército de Portillo se apeaba en la estación, y un destacamento de soldados ya había llegado al Callejón de los Frailes,donde se preparaba un fuego de bienvenida contra la vanguardia de los rebeldes, que pretendían ocupar la Esquina del Convento, obligados a retroceder hasta las faldas del cerro de El Morrón;allí, entre los olivos, los carlistas pudieron tomar posiciones.

En aquellos parajes, que todavía llaman Los Albares, hubo contundencia en los intercambios de disparos. Fue un choque muy duro, una auténtica batalla. A medida que disminuía la resistencia de los hombres de Lozano, ya bastante mermada por el cansancio, iban llegando soldados desde la estación, que aumentaban la presión sobre ellos. Una carga de lanceros pudo atravesar las líneas de los ultrarrealistas y hacerlos retroceder, de modo que no tuvieron más remedio que refugiarse en los cerros de Bolvax, y algunos, por orden del propio Lozano, atravesaron el río, logrando resistir un tiempo dentro del castillo.

Se publicó, en el periódico murciano La Paz, del 16 de octubre, una coplilla en honor a las peripecias del teniente coronel Portillo, reproducida unos días después en La Crónica Meridional de Almería,a la que pertenecen estas estrofas dedicadas al suceso de Cieza:

 

Poco después va a Cieza

la patulea

y en las lindes de olivos

que la rodea

y el Táder borda,

como llegó Portillo

se armó la gorda.

 

Con muy pocos soldados

entró en la liza

y le dio a los carcundas

una paliza:

¡Ay del carlismo

si todos los que deben

hacen lo mismo!

Los hombres de Lozano se dispersaron, ya vencidos y perseguidos por la expedición del teniente coronel. Muchos de ellos huyeron por el Camino Viejo de Jumilla, con rumbo todavía incierto, hasta que su comandante decidió regresar a su Jumilla natal; más allá, al no poder permanecer en ésta, saquearon Yecla antes de dar vuelta hacia Pozo Cañada, cuya estación ferroviaria destrozaron mientras organizaban una matanza de empleados ferroviarios. Fueron, al fin, detenidos entre Bogarra y Riópar, aunque unos pocos huyeron con su capitán hasta Linares, en cuyas inmediaciones fueron apresados sin oponer resistencia. De allí a Albacete, al cadalso.

El continente de La Mandrágora me obliga a cierta concisión, y presiento que en algunos momentos he sacrificado, por ello, parte de la claridad a la que normalmente me debo. Mucho mejor, insisto, lo narra Francisco Salmerón en su obra, cuya lectura recomiendo encarecidamente, ya que todavía puede adquirirse fácilmente sin duelo en los bolsillos. Hubo batalla en Cieza en aquel otoño de 1874, sin duda, aunque yo he preferido situar su punto más crítico en Los Albares (en cuyas inmediaciones es verdad que se fraguó la victoria del ejército sobre los aventureros carlistas) por soltar en el aire la sonoridad de ese topónimo. No diré que, con el fin de la guerra, triunfaron la decencia o la libertad, porque lo que sobrevino después lo desmentiría con toda claridad, pero fue derrotada buena parte de la intransigencia y de las ideas retrógradas que tantas veces han rebrotado después, como un virus de obscena pertinacia, en las vísceras de los españoles.