José Luis Tudela (profesor de Latín y Griego y mayúsculo sin atildamientos )

Portada de “mi” edición de la primera parte de Don Quijote, de 1982, publicada en Cátedra. Más de cuarenta años se han añadido al libro, amplificando su contenido.

 

Hubo un tiempo en que casi nadie ponía tildes en las letras mayúsculas, ni siquiera la prensa. Incluso, hasta hace relativamente poco, era general opinión que las mayúsculas no se acentuaban, debido a aquella educación ortográfica que solía darse. Este despecho de tildes era un habitual en la mayoría de máquinas de escribir, siempre mecánicas, que no contaban con un sistema para acentuar mayúsculas. ¿Se dice acentuar o atildar? Qué más da. El caso es que en los años setenta y ochenta no nos dio por acentuar mayúsculas, aun escribiendo a mano, lo que provocaba no pocos quebraderos de cabeza a algunos maestros, que empezaban a obligarnos a corregir aquellos vicios ortográficos. ¿Y cómo podíamos acentuar una mayúscula, cuando en tantas ocasiones obviábamos incluso las tildes en minúsculas? Esto, por lo visto, suponía una prueba hercúlea para doña Asunción, para don Manuel, para don Antonio, y todos aquellos maestros jóvenes y con ganas que intentaron educarnos hace más de cuarenta años. Nosotros éramos, sin embargo, ajenos a aquella nueva fiebre ortográfica, esperábamos con paciencia cierta musiquilla que indicaba la salida de mediodía, al fin, para perpetrar otra batalla de piedras y cascotes entre las obras del nuevo ambulatorio. Y tan felices, caramba.

Recuerdo incluso a alguna maestra a la que no le importaba que faltase alguna tilde en mayúsculas, puesto que, en nuestro devenir cotidiano, apenas dábamos cuenta de los textos que respetaban la nueva norma. Sin embargo, un día se me reveló de repente el misterio de las tildes, y puedo confesar que a partir de ese momento me introduje en ese mundo lejano de los mayores con estudios, y de qué manera. Manuel Dato, tan añorado ahora, nos recomendó en clase que, para mejorar nuestro nivel de lectura, comprensión de textos y expresión oral y escrita, debíamos leer por fin el Quijote, aunque fueran unos pocos capítulos. Yo regresé a casa con el tintineo de sus palabras dentro de mi cabeza, porque sabía que sus palabras eran algo más que una simple recomendación y, de alguna manera, me sentía culpable de no tener en casa más libros que una edición de la Biblia en papel cebolla, El Corsario Negro de Salgari, Miguel Strogoff y acaso algunos cuentos ilustrados de Irving ya muy desvencijados por el uso. Nada de Quijotes. De manera que le expuse a mi madre el dilema que, en un primer momento, parecía no entender. El papel no se come, nene. Y durante una semana estuve fatigándole los oídos con las supuestas bondades del Quijote, pero ella se mantenía refractaria a mi propuesta, hasta que un día de invierno, convencida por mis ruegos o, simplemente, cansada del tema, me dio quinientas pesetas. ¡Quinientas pesetas! Con eso me fui a la librería Goya y compré la edición de Cátedra de Jon Jay Allen, de 1982, nada menos, los dos tomos, pero todavía me faltaban doscientas cincuenta pesetas, que el dueño del negocio me fiaba. Chico, no te vas a llevar un tomo solo, me dijo aquel hombre con su eterno cigarro en la boca, dejándome con la segunda parte empantanada: se vende completo. Cuando mi madre se enteró de que dejé a deber doscientas cincuenta pesetas, se armó una buena. En mi casa, dejar una deuda de doscientas cincuenta pesetas era, por lo visto, un pecado bastante grave. Menudo berrinche.Ya hablaré yo con ese hombre de la librería. Fue ella quien se encargó de saldar las cuentas. A saber qué le diría al de Goya, pero yo al fin tenía mi Quijote, nuevecito, reluciente, con ese aroma a libro de Cátedra sin estrenar…

Al leerlo, me di cuenta, entre otras cosas, de un detalle interesante: había acentos en las mayúsculas de una manera que, en ese momento, me pareció muy elegante. Hasta entonces, apenas había prestado atención a aquellas rayitas que caían con fina pluviosidad sobre algunas palabras de los libros. Daba la impresión de que me había reservado ese descubrimiento para mi primera lectura de la obra cumbre de la literatura. En poco tiempo lo leí entero o, mejor dicho, lo disfruté, ilustraciones incluidas (esos fantásticos dibujos en tinta negra de Pilar Coomonte, que saltaban por doquier, una delicia). Yo tenía trece años recién cumplidos. Desde entonces, he perdido la cuenta de mis lecturas del Quijote, totales o parciales, y he adquirido otras ediciones, pero conservo aquella primera como un resto entrañable de mi infancia. A ella regreso cuando exploro sus páginas, y no hay línea que no me traslade al silencio de la casa materna, a las horas muertas que se filtraban en la luz mientras me sumergía en aquel mundo nuevo, en el que poníamos ya nuestras aspiraciones.

Encontré tildes en las mayúsculas, pero también una idea de futuro. Aquí me tienen, escribiendo porque quiero saber escribir, no tan acertado como Cervantes, ni como muchos otros, por supuesto, pero lo suficiente para expresar buena parte de lo que pretendo, y que me entiendan un poco. Porque creo que, a veces, se me entiende.

Era otra época, dirán, aquel albor de 1984. Dirán que la infancia ha cambiado mucho, que hay nuevos ámbitos, otros intereses… No me lo creo. En cuántas casas hay libros, en cuántas se lee, cuántos niños de trece años tienen acceso a una buena lectura, y cuántos se atreven a abordar algo que requiera un mínimo esfuerzo intelectual. No hablemos ya del Quijote, por ser caso extremo, reservado solamente para algunos niños despreciados por el entorno no lector. Si alguno de ellos fuera descubierto con el Quijote entre las manos, en lugar de un balón de fútbol o un set de maquillaje, correría el riesgo de ser apaleado por los demás. Lo saben, por eso no leen.

Lo que más ha cambiado son los maestros, las maestras. ¿Cuántos han leído alguna vez el Quijote? ¿Cómo pueden ser capaces de recomendar algo que no conocen? Supongo que la obra de Cervantes no es una lectura imprescindible, y menos para los que se dedican a la enseñanza, que alguna vez han repasado las obras de Piaget y Montessori. Ya no hace falta leer las cumbres de la literatura para formarse como súbditos productores, consumidores, votantes y celosos de lo suyo. Parece ser que lo que se llamaba “alta cultura” ha dejado de expandirse, ahora se contrae y regresa a las manos de las élites que hasta hace poco la guardaban con celo. Menos mal que, como dicen algunos sin mirar la carretera, el ejercicio físico estimula la inteligencia. Podíamos habernos ahorrado muchas lecturas y estudios si lo hubiéramos sabido a tiempo. Pues Manuel Dato cultivaba las dos cosas, cuerpo y mente, con ejercicio físico y mucha literatura, y ahí tenemos lo que nos legó.

Me consuelo porque, afortunadamente, por fin se acentúan las mayúsculas cuando se debe.