
Irene Ríos Salmerón, 2º premio Concurso de Relato Corto Tino Mulas, categoría 1, IES Los Albares
«Recordar es fácil para quien tiene memoria.
Olvidar es difícil para el que tiene corazón»
García Márquez
Una semana; dos simples palabras que significaban mucho. Una semana era lo que me quedaba de vida. No sabía qué hacer, y lo peor es que ni siquiera sabía quién era. Alguien me había dado un veneno que hacía efecto a los siete días y que, además, me había hecho perder la memoria. Tan solo recordaba un detalle: mi casa. No sabía cómo, pero estaba segura de que, si salía a la calle, podría llegar a casa fácilmente. Así que decidí salir del hospital para descubrir quién era. Me puse a buscar mi bolso. Fui directamente hasta el perchero y, efectivamente, allí había un bolso que supuse que sería el mío. Lo cogí y pensé en cómo podía salir de allí sin que nadie me viera. Me asomé a la ventana. Mi habitación de hospital estaba en el primer piso, por lo que di un salto y en unos segundos aterricé en el suelo.
Lo primero que pensé al salir a la calle fue en Jorge, mi médico. Sabía que se iba a preocupar mucho por mi ausencia, pero decidí olvidarme de todo pues tenía una misión. Miré a mi alrededor y supe exactamente hacia dónde dirigirme. Fue como si algo dentro de mí me moviera y me llevara hasta mi hogar, sin saber cómo. Recorrí un montón de calles y por momentos me sentía absurda. ¿Seguro que sabía a dónde iba? Algo en mí me decía que sí, pero a ratos pensaba lo contrario. De repente, me paré en seco delante de un edificio alto y azul. Me resultaba familiar. Saqué las llaves del bolso. Había tres, así que fui probando y conseguí abrir con la segunda. El portal era antiguo. Había unas grandes escaleras de caracol y no tenía ascensor. Me di cuenta de que no sabía en qué piso vivía, así que tuve que ir probando llaves conforme subía las escaleras. Tras diez minutos, en el cuarto piso, la llave abrió la puerta. Entré sigilosamente, por si había alguien. Fui recorriendo todas las habitaciones, pero no encontré nada interesante que me sirviera de ayuda.
De pronto, tuve un presentimiento, y me dirigí a la cocina. Una vez allí, abrí la puerta del frigorífico, pero no había gran cosa. Algo de fruta, chocolate, cartones de leche y… en el fondo de un cajón una botella que tenía escrito en rojo la palabra “tóxico”. ¿Sería ese el veneno por el que me estaba muriendo? ¿Me lo dio alguien que vivía conmigo? No quería creerlo, pero era la única explicación que encontraba. De pronto miré el techo y detecté una cámara. Si conseguía ver lo que se había grabado la noche antes podría sacar conclusiones. Cogí una escalera que había detrás de la puerta y me subí para poder examinarla más de cerca. Fácilmente pude desinstalarla. Cogí la cámara y salí corriendo hacia el hospital, con suerte nadie habría detectado mi ausencia.
Al llegar conecté la cámara por Bluetooth a la televisión que había en la pared y aparecieron los archivos con las grabaciones. Me detuve en las de la noche anterior. Al principio no vi nada sospechoso. Sobre las 4:00 de la madrugada vi un video en el que yo iba andando despacio hacia el fregadero. Cogía un vaso de agua y me lo bebía. Pero había algo raro. Iba con los ojos cerrados. Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que pasaba, ¡era sonámbula! En cuanto bebí un trago de ese vaso, caí al suelo. No me lo podía creer. ¡Yo misma me había tomado el veneno, y todo porque era sonámbula! Pero… algo había en esas imágenes que no me convencía.
De repente, apareció Jorge muy tranquilo. Me dijo que había entrado unos minutos antes, pero que yo no estaba, y quiso saber qué había hecho. Le expliqué todo y esperé su respuesta. Con palabras rotundas y rostro preocupado dijo:
—Has hecho muy mal, la medicación podría haber dejado de hacer efecto. Tendré que inyectártela por la vía —dijo clavando la inyección—. Bueno, pero… ¿qué has descubierto?,—dijo antes de que yo pudiera responder.
—No te lo vas a creer —dije al borde de las lágrimas—. Mira. —Y le enseñé el vídeo.
Él lo contempló, pero no pareció sorprenderse. Cuando me vio llorar dijo:
— Bueno, piensa que, por lo menos, ya has conseguido descubrir por qué te estás muriendo.
— Ya… pero no he descubierto toda la verdad.
—¿A qué te refieres?
—En la grabación sale cómo yo bebo, pero yo no eché el veneno, alguien tuvo que hacerlo…
El doctor se sentó en una silla mientras me echaba agua en un vaso. Ese gesto… el del médico echando el agua, hizo que un remolino de emociones e imágenes llegaran a mi cabeza…
—Jorge, ¿qué haces? —dije confusa, y él no respondió—. Tú no eres Jorge —dije tras pensarlo mucho—. Tú… ¿me has envenenado?
—¿Qué dices? —gritó impulsivo.
—Tú vivías conmigo — continué sin hacerle caso—. Anoche me llenaste un vaso de agua, como todas las noches para que lo bebiera cuando me despertara sonámbula, pero echaste algo más. Te vi cogiendo una botella y vertiendo un poco de su contenido en mi vaso, justo de la misma manera en la que estás echando agua en este momento. Ahora me doy cuenta. No puede ser…
—Estás delirando —dijo enérgico—. Es normal debido a tu situación.
—¡No! —grité—. Esto es real. El veneno no es tan fuerte como pensabas. Ya me acuerdo de todo. Tú eres… —Las lágrimas empezaron a caer—. ¡Mi marido! Y teníamos un hijo, Lucas, se llama igual que tú. No eres Jorge, eres Lucas… ¿Qué has hecho con mi hijo?
Cerró la puerta. Me dijo que me lo explicaría todo si dejaba de gritar, y así lo hice.
Fue entonces cuando Lucas me contó cómo había discutido con nuestro hijo días antes. Siempre había sido un niño conflictivo, con dificultades en los estudios y malas compañías. Eran constantes las disputas en nuestro matrimonio debido a los problemas del pequeño. Mi marido no entendía cómo yo lo podía querer tanto, con los problemas que nos ocasionaba a diario.
En esa ocasión padre e hijo discutieron porque lo habíamos enviado a un campamento de élite muy
estricto, con el fin de inculcarle disciplina y mejorar su comportamiento, pero el niño se había escapado,
lo que supuso que mi marido entrara en cólera por la cantidad de dinero invertido. En mitad de la discusión,
el niño exclamó: «¡mamá me quiere a mí más que a ti!». Ante esta frase, su padre estalló y lo empujó,
haciendo que se golpeara fuertemente en la cabeza …
La desgracia llegó sin apenas darse cuenta. Un accidente catastrófico terminó con la vida de nuestro
hijo. Lucas se deshizo del cuerpo. Que ya no estuviera le tranquilizaba, pero había un problema: yo. Mi
marido sabía que, si yo me enteraba de lo ocurrido, no dudaría en entregarlo a la justicia. Así que tuvo que
planear algo rápido. Pensó en los productos farmacéuticos que provocaban amnesia y que habían
desechado en el hospital por ser tóxicos, conservándose en los almacenes de su consulta. Yo no sabía de
su existencia, así que se encargaría de envenenarme a escondidas. Era sonámbula y siempre a mitad de la
noche tenía sed, por lo que él me solía dejar un vaso de agua en la encimera. Además, yo no sospecharía
nada de lo del niño, pues se suponía que estaba de campamento. Luego, me llevaría al hospital donde
trabajaba y seguiría administrándome la medicación tóxica asegurándose de que moriría en una semana.
Mi marido terminó de hablar, pero tuve una extraña sensación. No me contaba toda la verdad.
—Lucas… esto ya ha pasado. —dije confundida.
—¿De qué hablas? —preguntó intentando fingir asombro.
—Esta conversación ya la hemos tenido antes, exactamente igual.
Encendí la televisión que seguía conectada a la cámara, busqué grabaciones de días anteriores y ahí estaba la respuesta. Mínimo una vez por semana, se repetía la misma grabación: mi imagen en la cocina sonámbula, bebiendo ese vaso y desmayándome. También había grabaciones en las que yo veía la botella de veneno en el frigorífico, desconectaba la cámara y salía corriendo. Las imágenes se repetían una y otra vez. En ese momento lo comprendí todo.
—No es una semana —le dije a Lucas—. Cada vez que vuelvo a recordar y me das esta explicación, se repite todo de nuevo. Me vuelves a dar el veneno, me haces olvidar todo una y otra vez, y me despierto volviendo a pensar que me queda una semana de vida. Lucas… ¿cuánto tiempo llevas haciendo esto?
Se giró lentamente y no respondió. En ese momento volví a sentir mareo. Lucas estaba inyectando veneno de nuevo por la vía que había en mi brazo. Todo se volvió negro…
Desperté con una única idea en mente.
Una semana; dos simples palabras que significaban mucho. Una semana era lo que me quedaba de vida. No sabía qué hacer, y lo peor es que ni siquiera sabía quién era…

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