III Concurso de Relato Corto Tino Mulas

 

Pascual Martínez Pérez (1er premio 1 ª categoría, 2º ESO IES Los Albares)

 

El vilano es esa pelusa blanca que los álamos hembra lanzan al viento para dispersar las semillas. He visto el vilano muchas veces, porque con mis padres y mi hermana he recorrido los bosques de las orillas de los ríos. Son bosques estrechos y mágicos que, en primavera, se nievan con esta pelusa. Sobre la tierra se acumulan como cabeceras, entre las esparragueras, la anea, las zarzas y los juncos. En el aire se esparcen y dibujan nubes blandas bajo el sol de marzo.

Mi abuela todavía me reconoce. No es capaz de vestirse, ni puede ya hacer de comer. El Alzheimer se va llevando su memoria como el viento arrastra al vilano. La miro sentada y sonriendo, porque la enfermedad no ha podido aún arrebatarle la alegría. Anda despacio y se desorienta continuamente. Ahora es como una niña que necesita protección. Mi madre y sus hermanos la cuidan con el esmero que imagino tuvieron con sus hijos recién nacidos. Le habla con dulzura y dulcemente coge sus manos. Le canta canciones antiguas que ella conoce y vuelve a cantarlas, porque tampoco la música se le ha olvidado. La música es un lenguaje que entiende. Alguna vez he ido con la viola a tocarle alguna melodía y mi abuela, entonces, me pregunta si soy músico, yo le respondo que sí y ella sonríe y dice que soy muy listo. Sé que la próxima vez me preguntará lo mismo, y la siguiente, y no me cansaré de acudir a su lado y de volver a responderle las mismas preguntas.

El vilano se pega a la ropa y es difícil quitarlo. Voy recogiendo las palabras y los gestos de mi abuela. Los voy guardando al lado de los recuerdos de mi vida, esos que vuelven a los veranos en su campo, a ella sentada en el borde de la piscina cuidando de nosotros. Recuerdo a mi abuela regando macetas que ahora están muertas, tendiendo ropa limpia en unos cordeles que hoy están vacíos y sirviéndonos café helado en vasos que ahora solo acumulan polvo. La miro desvalida y siento una tristeza enorme. Hay tristeza también en su gata negra del campo.

Creo que mi abuela es feliz. No es consciente de su estado y eso es bueno. A cada comentario que escucha ella responde con un chascarrillo de persona mayor. Hace rimas con la última palabra que escucha y les dice a los conocidos que le preguntan que ella lleva su casa para adelante. Llega hasta ACIFAD contenta. Allí la tratan bien. Es una mujer sociable que no ha perdido su personalidad, solo la memoria. La memoria es, sin embargo, todo lo que somos.

Soy como un coleccionista. Cuando mis padres llevan a mi abuela a que me vea jugar al futbol, me echo alguna foto con ella después del partido. Grabo sus palabras y sus movimientos con el móvil, estoy atento al tono de su voz, al color de sus ojos. Me pregunto, luego, en mi habitación, cuándo llegará el día en que no me reconozca, cuándo dejará de cantar porque hasta la música se habrá marchado. Trato de afrontar cómo tendré que comportarme, cómo me sentiré; si solo podré llorar.

He ascendido montañas con mis padres y mi hermana y conozco la voz de los vientos. Seguramente, es en ellos donde se encuentran las palabras, las risas y los llantos antiguos, donde yo mismo podré reencontrarme con mi abuela cuando todo sea ya pasado, nostalgia; entre los vilanos blancos de la orilla del río, en la primavera.