Matías Guardiola Gómez, 2º premio Concurso de Relato Corto Tino Mulas, categoría 2, IES Los Albares

Durante décadas, el tiempo había sido una abstracción elegante, una variable en ecuaciones, una flecha sin retorno. Hasta que alguien decidió que ya no bastaba con medirlo: había que atravesarlo. La tecnología NSQ-9, conocida como Nesque, no alteraba eventos; recreaba con fidelidad momentos pasados a través de datos biométricos y registros de memoria. No te llevaba al pasado, te devolvía a él.

Clara fue de las primeras en probar la versión doméstica. El dispositivo ocupaba apenas una habitación. Un armazón blanco, impecable, con cables que caían como raíces hacia el suelo. En el centro, una cápsula de gel translúcido donde el cuerpo reposaba mientras la mente era traducida. Le habían advertido: sesiones cortas, no más de veinte minutos. Evitar recuerdos traumáticos. No idealizar el pasado. Pero nadie compra una máquina así para obedecer recomendaciones. Eligió una fecha sin pensarlo demasiado. O quizá la llevaba eligiendo años. 8 de junio. El sistema pidió confirmación: Evento detectado. Alta carga emocional. ¿Desea proceder? Clara dudó solo un segundo.

El descenso no fue inmediato. Primero, una sensación de desdoblamiento, como si su conciencia se diluyera en agua tibia. Luego, latidos que no eran exactamente los suyos, una respiración más ligera, un peso distinto en las manos. Y entonces, la luz. Estaba en la cocina. El sol de la tarde se filtraba por la ventana. El olor a café recién hecho la golpeó con una precisión brutal. No era una recreación. Era ese olor a café. Y él estaba allí.
-Llegas tarde -dijo, sin mirarla, con esa mezcla de reproche y cariño al mismo tiempo que había aprendido a reconocer demasiado tarde.

Clara sintió cómo algo se rompía y se recomponía a la vez. Quiso decir su nombre, pero la interfaz no se lo permitió. El sistema no era un escenario abierto; era una coreografía cerrada. Podía sentir, percibir, incluso elegir pequeños gestos… pero las palabras importantes ya estaban escritas.

-Me he quedado un rato más en el trabajo… -respondió, escuchándose a sí misma con una voz que ya no le pertenecía del todo. Él levantó la vista. Sus ojos. Había olvidado ese color exacto.
-Siempre te quedas -dijo. Y en esa frase, tan simple, estaba todo lo que vendría después. La conversación, los silencios, la pequeña discusión que en su momento pareció insignificante. Clara intentó intervenir, cambiar algo, detener la caída invisible que ahora veía con una claridad insoportable. Pero el sistema la contenía suavemente, como una mano firme en el hombro. No puedes alterar, solo vivirlo otra vez.

Y entonces llegó el momento. El instante que había elegido, aunque no lo supiera. Él avanzó despacio, y el mundo pareció detenerse, como si contuviera la respiración para no romper aquel instante. Le rozó la mano. Un contacto mínimo, pero cargado de todo lo que no habían sabido decir.
-No me quiero alejar de ti -murmuró él. En el recuerdo original, Clara se había reído. Le había restado importancia.

Había pensado que habría más días, más cocinas, más cafés. Esta vez no pudo. Sintió el peso de cada segundo como si el tiempo fuera una materia densa, moldeable entre los dedos. Quiso gritarle que no se fuera, que todo lo que venía después no merecía la pena sin ese instante. Quiso romper la lógica del sistema, la arquitectura perfecta de la memoria. Pero solo pudo apretar su mano un poco más fuerte. El sistema registró una variación mínima en la presión. Un dato irrelevante. La escena se desvaneció con la misma delicadeza con la que había comenzado. La luz se apagó, los sonidos se diluyeron y Clara volvió a la cápsula, aún con la respiración acelerada. El informe post-sesión apareció en la pantalla: Integridad de reconstrucción: 99.2%. Desviaciones conductuales: mínimas. Impacto emocional: alto. Se incorporó lentamente. Le temblaban las manos. Había vuelto. Pero no como esperaba. Los días siguientes repitió el proceso, buscando momentos clave: la primera vez que se vieron, una noche de lluvia, una despedida en una estación. Cada sesión era más precisa, más adictiva; el pasado empezaba a sentirse más real que el presente.

Una noche, ignorando advertencias, configuró una sesión extendida. El sistema parpadeó en rojo por riesgo de disociación temporal, pero aún así ella confirmó. Eligió el mismo día: 8 de junio. La cocina se formó a su alrededor, pero algo había cambiado; no en los datos, sino en ella. Su conciencia se asentó con demasiada facilidad, como si ya conociera el camino de memoria.

-Llegas tarde -dijo él. Pero esta vez, antes de que el guion pudiera cerrarse sobre ella, Clara hizo algo que no estaba previsto. No respondió. El sistema dudó. Una fracción de segundo en la que el algoritmo buscaba una forma de mantener la coherencia narrativa.

-Clara… -dijo él, frunciendo el ceño. No era una línea registrada. El corazón le dio un vuelco.

-¿Puedes oírme? -susurró ella, sintiendo cómo las paredes invisibles del sistema crujían. El aire se volvió más denso. La luz parpadeó, apenas perceptible.

-Claro que puedo oírte -respondió él, ahora mirándola de una forma que nunca antes había hecho-.

Siempre pude. El sistema lanzó una alerta silenciosa. Inestabilidad. Pero Clara ya no estaba escuchando.

-Esto no es real -dijo, aunque cada fibra de su cuerpo gritaba lo contrario-.

Tú no estás aquí. Él sonrió, triste.

-Si tú estás aquí, ¿por qué yo no?

La pregunta quedó suspendida, pesada, imposible de resolver. Clara sintió el vértigo de una frontera que no sabía que existía. ¿Cuánto de aquello era reconstrucción? ¿Cuánto de esto era ella reescribiendo, invadiendo el pasado con su necesidad? El tiempo, por primera vez, parecía mirarla de vuelta.

-No quiero irme -confesó.

Y en ese momento lo vio claro: no era el pasado lo que estaba reviviendo, era todo lo que había dejado pendiente. Las alarmas aumentaron. La estructura empezaba a desmoronarse. La cocina se fragmentó en destellos de luz. Él dio un paso atrás.

-Entonces no lo hagas -dijo, y por un instante, Clara creyó que era posible. Que podía quedarse. Que podía habitar en ese momento para siempre, congelar el tiempo, hacerlo finalmente tangible, suyo.

Pero el sistema no estaba diseñado para conceder deseos. La expulsión fue brusca. El presente la reclamó con violencia. Clara salió de la cápsula jadeando, con lágrimas que no recordaba haber empezado a derramar. La pantalla mostraba un nuevo mensaje: Error de coherencia temporal. Sesión interrumpida. Recomendación: suspender uso. Se quedó mirando su reflejo en el cristal. El tiempo seguía ahí, intangible, implacable. Y, sin embargo, algo había cambiado. Había sentido su textura. Y ahora, ya no bastaba con recordarlo.