Manuel Martínez (profesor de Historia)

Sí, lo hacen, tienen la misma esperanza de vida que cualquier persona, sin embargo son cada vez más peligrosos para los demás, porque suele pasar que se confunda edad con sabiduría, y entonces se les atribuyen cualidades
que no tienen, porque sumar años, en algunos casos, solo supone un cambio físico, pero no intelectual, porque la mente, retraída durante años de desidia, es ya incapaz de acercarse a las operaciones formales piagetianas.

Los idiotas lo son siempre. Son irredentos por naturaleza, porque la estupidez les impide desarrollar el más mínimo sentido de autocrítica, y de esta manera, se perciben justamente como lo que nunca fueron, y con su vocabulario de
quinientas palabras van interpretando el mundo y lanzando tautologías indiscutibles, ya que en este mundo vago e impreciso de sabios que no lo son, siempre se encuentra oyentes dispuestos para que esta pandemia de tramposos no cese nunca jamás. He observado también – por si lo anterior no fuese motivo grande de preocupación e inquietud- que descargan sobre otras generaciones diferentes a la suya toda la culpa que el mundo soporta sobre sus hombros. Creen que cuanto más joven se es, más perdido está todo, al tiempo que idealizan el pasado, sobre todo el suyo, desechando todo aquello que, su condición empedernida, distorsiona y falsea.

Me rebelo cuando estas personas olvidan el mundo que, los que ya tenemos una cierta edad – yo, por ejemplo, 56 años recién cumplidos- les hemos dejado a las criaturas que todavía no han empezado siquiera a caminar por las sendas de la vida ¿No es peor este mundo que el que tuvimos nosotros? ¿No está el medio ambiente próximo al colapso? ¿No hay desigualdades que en vez de desaparecer se han incrementado? ¿No hay genocidios a la vista de todos? ¿No se han incrementado las posturas reaccionarias e intolerantes?…

Idealizar el pasado es propio de idiotas o de ignorantes, que para el caso viene a ser lo mismo. Mis alumnos todavía no son responsables de casi nada, no tienen culpa de lo que han recibido, de aquello que los han hecho ser lo que
son, porque los verdaderos responsables son las gentes que más o menos tiene mi edad. Nuestros padres tenían cercana la memoria de tiempos difíciles. Ellos, de manera general, no solo no idealizaron un pasado terrible, sino que se esforzaron en cambiar el panorama en el que habían crecido. Tuvieron claro el papel de la educación pública como el único ascensor social posible para los que no nacen con una fortuna consolidada y, a veces, secular, para los que no
conocieron nunca la indolencia nobiliar. Que nosotros estudiásemos, para nuestros padres, era una condición necesaria e indiscutible, porque sus recuerdos de vida estaban ligados en gran parte a la penuria de los abuelos y a
la suya propia.

Hemos sido nosotros, los de mi generación, los que hemos falseado la historia, los que así se la hemos trasladado a criaturas que hemos educado hiperprotegidas, los que hemos deshumanizado precisamente por esto, realidades insoportables e inasumibles. Nosotros hemos empeorado el mundo, no los niños de 14 o 17 años, no los jóvenes veinteañeros. Ellos tendrán su responsabilidad en los próximos años, pero no en estos, y defiendo el derecho que todos ellos tienen por lo menos a tomar el camino correcto, el que pueda salvar para siempre al mundo, o el que lo condene irremediablemente.

Los profesores tenemos el deber de desenmascarar al farsante, al necio, la obligación al mismo tiempo de luchar para que las nuevas generaciones tengan la oportunidad de hacer un mundo más igualitario y humano. Los docentes
somos, en muchos casos, la única referencia académica que los alumnos tienen sobre la importancia de lo que ellos mismos harán en unos años. Somos los que representamos la necesidad vital del conocimiento para fomentar la
justicia social, los valores democráticos y el progreso entendido como la consecución universal del bien común; solo el conocimiento puede vencer a la mentira y al embaucador.

No soporto a los que piensan que por tener décadas en las arrugas del cuello son cuasi sabios; ni lo son, ni lo fueron nunca, porque desde el principio de todo, los idiotas también envejecen.