Manuel Martínez (profesor de Historia).
Tengo un amigo, un hermano más bien, al que le acude la tristeza cada año cuando se cambia el horario de verano por el de invierno. “Ya llega la época de las tinieblas”, decía Pascual, hace solo unos días, en la cumbre airosa de la Atalaya. “El peor mes del año es noviembre”, se lamentaba, con razón, pues también para mí noviembre es un mes triste y doloroso; mes de ánimas, escarda y humo.
Porque, hasta el cambio de hora, hemos estado cobijados en nuestro último verano particular. Todavía en septiembre hacía calor de más, y los cielos fueron mayoritariamente azules y radiantes, y uno se daba los últimos baños en el río, y aún en las auroras, el fresco se agradecía y ensanchaba los pechos recién despertados.
El veranico de los membrillos es siempre la gracia final que nos otorga el verano verdadero. Es la última oportunidad para sentir lo que hemos vivido bajo el calor y la luz de manera cercana, porque con el cambio de hora, todo se ralentiza y se aletarga, entra en los archivos de la memoria, donde, aunque no olvidamos, guardamos nuestros recuerdos mientras creamos otros nuevos, y como los días se van acortando y las noches oscurecen los horizontes tan temprano, sabemos ya, somos conscientes de que nuestro verano es, ahora sí, un lugar preciosísimo al que quisiéramos volver siempre si es que esto fuese alguna vez posible.
Pero no lo es. Nunca se puede volver atrás en lo que hemos vivido. Echamos de menos, en este momento feroz de días mutilados de luz, el pasado reciente de nuestra respiración. Porque en este último verano anduvimos por sendas nuevas, revivimos sentimientos que esperaban oportunidades, nos deslumbramos, reímos, soñamos y amamos al amparo de días infinitos y noches calurosas donde el sueño era casi lo de menos si había cerca una piscina que tenía el color de una gema aguamarina. El verano fue un tiempo infinito. No parecía tener límites ni restricciones, ni vislumbrábamos que pudiera acabar pronto a pesar de lo rápido que percibíamos el paso de los días. Plantamos jardines nuevos y florecieron hibiscos y petunias, verdolagas humildes que destronaron con sus colores la arrogancia de algún aprendiz de hortelano, y conforme a la vida, se inflamaban los corazones y se exaltaba la sangre. Crecimos amparados, desde niños, en la alegría de las vacaciones, en un sentimiento desbordado de libertad y plenitud. El verano fue siempre una puerta abierta a la utopía y a la ilusión.
¡Cuántas horas estuvimos con la persona que anhelábamos! ¡cuántas puestas de sol tras una montaña querida! ¡qué será entonces, mañana!
Ahora el otoño depende de nosotros. Quizás el equinoccio de una chopera de oro nos convenza de que los paisajes son más bellos si a ellos unimos un sentimiento, una persona amada. La belleza objetiva de la montaña es más intima cuando se mira desde el corazón. La noche, que cada vez será más fría, recortará perfiles en horizontes celestes que serán cristal transparente. Esa noche que mostrará en la lejanía de algún paseo las luces de los hogares donde se acurrucan los sueños, pueblos y ciudades que surgen de la oscuridad como enjambres mitológicos de luciérnagas naranjas. Otoño puro y silencioso en los versos de los libros más hermosos, en las tardes cortísimas de los espartizales dorados de las solanas.
Ya no es el verano, pero hay hojas carmesíes que caerán sobre la tierra, y gorriones en el alfeizar pregonando la pluma marrón, y aparecerán las lavanderas sobre la arcilla recién labrada y volará de regreso, otra vez, el petirrojo, y revivirá con las escasas lluvias el monte cerúleo y oloroso, y se hará más negra la sabina, más gris la dolomía.
Sobre este nuevo otoño habrá que buscar hoyuelos en las sonrisas y pensar en ángeles que protegen a otros que todavía no saben que lo son. Habrá que seguir palpitando y valorar la vida por la vida, seguir caminando hacia el invierno, la primavera, volver otra vez al verano resplandeciente, al sol fulguroso y a las noches cadentes donde todo es inicio en el vino del estío.
Tengo a mi lado un libro maravilloso de José Antonio Lucero. Se titula Tu mirada me hace libre, y llevo leídas doscientas páginas donde se novela el amor entre Miguel Hernández y su mujer, Josefina Manresa. Para mí estará ya siempre ligado a este otoño soñoliento y cálido, esperanzado. Así conformamos nuestro apego o desapego al tiempo que vamos consumiendo, a la circunstancia que subraya nuestra tristeza o nuestra alegría, el libro, la música, las hojas del árbol, las luces naranjas y borrosas de la ciudad, la montaña, el río, la flor amanecida y el pétalo atardecido, el olor que tiene el humo de las ramas quemadas de la escarda, la humedad imparable que se agarra a los pechos, los abrazos cómplices del amor, las primeras heladas, las ramas caducifolias semidesnudas, los nidos abandonados a la intemperie, el viento que se levanta y mueve de un lugar a otro las hojas de las cañas y los olmos del río, los pájaros migratorios del norte que vuelven y los del sur que se fueron, el vuelo la garza sobre el mundo subrayando la necesidad imperiosa de amar y ser amado…el otoño bienaventurado que nos mece y nos susurra. El otoño que nos lleva.

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