
José Luis Tudela, qué descansada vida (profesor de Latín y Griego)
Dicen que se acerca el día más feliz del año, esa época en la que todo cristiano que se precie debe mantener la sonrisa, sin enseñar en exceso los dientes, y proclamar a los doscientos vientos cardinales que ha nacido el Sol… Huy, perdón: que ha nacido el Salvador, el Mesías, el Cristo Ungido, válgame la redundancia. No sólo cristianos y cristinos, y abogados cretinos: también no pocos infieles algo despistados,y muchos descreídos (Vae, victis!) se afanan en la proclamación, en las sonrisas descaradas y el buen humor, rendidos por un abrumador ambiente de lucecitas y colores, por los omnipresentes elfos, papanoeles, camellos y reyes que, en lugar de aceptar regalos, los reparten. Qué bien. Hasta una persona tan agria y triste como Charles Dickens contribuyó, y de qué manera, al jolgorio general, con un “Cuento de Navidad” que ha hecho estremecerse de ñoñería al más refractario… Vale. Perdón, quise decir estremecerse de emoción, dulce y llana emoción por hacer durante alguno de esos días lo que de ninguna manera se está dispuesto a hacer en el resto del año. El Señor Paparruchas anticipa, en su parcial y postrera transformación de imposible psicópata, al más tardío doctor Jekill, o como se escriba; es más, prefigura la ambigüedad gótica del mucho más inquietante conde Drácula. Así casi todos. Dientes, dientes, sin pasarse, durante la Navidad, y después… mordiscos a diestro y a siniestro. En cuanto acaben las fiestas muchos desgraciados regresarán a su matraca habitual, a su aporofobia galopante. El fantasma de las Navidades presentes puede recorrer su única baldosa disponible con la conciencia más tranquila que nunca, porque regresará puntualmente al cabo de un año con el mismo rostro de conejito inocente, inicuo y solidario como si nunca nadie hubiera regalado un kilo de arroz o un litro de leche. En tanto, los fantasmas del resto del año descansan en armarios roperos, gordos y grasientos, roncando como bestias sordas.
Me detengo, porque sé que he perpetrado uno de mis párrafos “gloriosos”. No ruego que se me disculpe, harto ya de verbos irreconciliables. Admito mi contumacia navideña. Admito asimismo que una de mis películas navideñas favoritas (entre las cinco primeras, y en tendencia ascendente) es “El día de la Bestia”, pero también he llorado, y no pocas veces, con el final de “Qué bello es vivir”. Ah, espléndido Frank Capra, imprescindible. Guardo dentro de mi hipotálamo un Escruch, o Scruge, o como se escriba, un Drácula malicioso y senil, por supuesto, y un doctor Jekyll que ha sido superado por el mundo que lo rodea, donde el señor Hyde es bendición de dólares y bitcoin.
Huy, otra vez… Vale. Vamos a portarnos bien.
Voy a portarme bien.
Los colmillos son para partir la comida, y la Navidad para hacer beneficios al prójimo. No mezclemos las cosas. Yo quería hablar sobre las fiestas Saturnales, o Saturnalia romanas, que todavía celebramos. Se conmemoraba entonces el solsticio de invierno, es decir, el momento del año cuando, en nuestro hemisferio, comienzan a ampliarse las horas de sol. El nacimiento del Sol, decían, se celebraba alrededor del 20 de diciembre, durante unos días, y esa fiesta consistía en relajar las normas un poco, regalarse cosicas sin importancia, hacer banquetes con buenas viandas donde se invitaba a gente, incluso servir a los esclavos (pero solamente durante un día, no se vengan arriba), decorar las casas con colgaduras, encender velitas… Con todo esto, los romanos querían celebrar la fiesta de fin de cosecha, ese momento del año en el que había que gastar buena parte de los productos recolectados en meses anteriores porque no era posible conservarlos bien. De ahí el nombre de Saturnales, por Saturno, el dios romano de las cosechas agrícolas. Pero que nadie piense que la Iglesia hizo coincidir la fecha del nacimiento de Cristo con la del Sol, para aprovechar bien la popularidad de esta costumbre romana. Eso no, qué va. Se trata de una mera coincidencia, debido a que la Iglesia tuvo que repartir sus fiestas durante el año: en el equinoccio de primavera, Pascua y Anunciación, justo nueve meses antes del solsticio de invierno, o sea, Navidad, del latín nativitatem: nacimiento. Cuatro semanas antes de Navidad, Adviento, del latín adventum: llegada. ¿Quién llega en Navidad? ¿Quién nace entonces? Eso es. Así, todo cuadra.
En fin, seremos buenos durante estas fechas señaladas, no como aquel señor Escruche antes de volverse gilipollas del todo a base de fantasmadas nocturnas; ni como el ilustrísimo Drácula, que sale por las noches, ebrio de amol, a visitar jóvenes casadas. Hum, hum. Seremos nosotros mismos, o parecidos a nosotros, soportaremos con mucha paciencia cuñados y cuñadas, que suelen traer para la cena políticas extrañas sacadas de yutube, de guasape o yo qué sé de dónde. Seremos buenos, pero sin perder de vista la misericordia con la que nos debemos a los demás, la compasión, en la medida de lo posible, del dolor ajeno, y dejando tranquila a la gente, que bastante tiene ya. Eso es: mindfulness a cascoporro.
En fin, Navidad. Pásenlo lo mejor posible, y duerman tranquilas, porque ya ha llovido y la tierra está preparada para una nueva siembra.
Postdata: Siguiendo en mi línea, recomiendo,durante estas entrañables fiestas, la lectura de un libro no menos entrañable, “La sangre está cayendo al patio”, de Elvira Navarro. No se fíen del título, en realidad es una novelita de paz y amol, mucho mucho amol.

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