Bartolomé Salmerón (profesor de Filosofía)
Hace unos pocos días saltó a distintos medios de comunicación y a multitud de redes sociales una sorprendente noticia: un santón hinduista había permanecido los últimos 52 años de su vida con el brazo en alto. Alzando su extremidad derecha en esa posición sin bajarla ni un solo instante, de forma inalterable como si estuviera señalando a alguno de los múltiples dioses que conforman el panteón hinduista.
Imagínense por un momento el dolor que ha tenido que soportar este hombre que antes fue banquero y ahora penitente radical. Cartílagos secos, pérdida total de masa muscular y , en fin, todos aquellos padecimientos provocados por su pertinaz decisión.
Quizá este sadhu , así es como se llama a estos monjes ascetas de esta milenaria religión, quiso renunciar al mundanal ruido y sentir su vacuidad existencial a través de una autoinfligida prueba surgida por el vetusto deseo de inmortalidad ligado a la inefable unión con el todo.
Pero, también podría haber sucedido algo muy distinto y menos místico. Permítanme que les relate de forma muy breve un suceso que me ocurrió personalmente con uno de estos sadhus.
En el verano de 2018 realicé junto a mi pareja un viaje de 21 días a la India, entre las muchas experiencias que allí pudimos vivir, me viene a la memoria aquella en la que permanecí durante un buen rato sentado al lado de uno de estos supuestos santones hinduístas. Aquel hombre, casi desnudo y con su distintiva tilaka, esa marca típica en la frente, subido a una roca y en posición de loto se dignó finalmente a dirigirme unas palabras, aquel susurro fue lacónico. Mi pareja, absorta y expectante ante aquel hecho casi epifánico, me preguntó cuando finalmente me acerqué a ella ¿”qué te ha dicho?”, y yo le respondí: “un euro”.
Esa fue mi “gran epifanía” ante este supuesto shadu que más allá de una pretendida búsqueda de unión con el todo, el buen hombre, buscaba ganarse el sustento material tan apegado a lo corpóreo, dejando lo espiritual quizás para otro momento.
Volviendo a nuestro sadhu, aquel del brazo en alto, paradójicamente conocido por gran parte de la población mundial y por tanto muy alejado así de su pretendida huida del mundanal ruido, es posible que decidiera realmente que tras un repaso a lo que ha visto y oído transitara hacia una ascesis o purificación del alma a través del sacrificio de su cuerpo, concretamente de su brazo.
Pero, se hace indispensable la duda, el juicio y el análisis de los hechos y su relato posterior en aquello que a primera vista recibimos como verdadero. En este mundo nuestro de la posverdad, verdades, hechos y relatos alternativos, los fakes y demás patrañas que pululan airosamente por nuestra realidad, virtual o no, conviene poner en duda o por lo menos repensar aquello que nos muestran como verdad, dejando así la puerta abierta a la posibilidad de que todo sea mentira.


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