Manuel Martínez Morote (profesor de Geografía e Historia)
El otoño se nos ha vuelto a alojar con la tristeza de la poesía. Los vientos de octubre vuelven para traer nubes plúmbeas a los lugares comunes que cada uno ha ido creando mientras envejecía. Lugares íntimos que siguen alimentando las quimeras que pudimos tener en las noches antiguas, cuando cerrábamos los ojos y el mundo figurado era casi probable, cuando fuimos casi dioses y en nuestros corazones aleteaban las notas de las músicas lejanas.
Noches antiguas, primeras, algunas con olor último a galanes y madreselvas, distancias tan grandes que solo caben en los otoños, convertidos ellos mismos en paseos y fuentes que quizá nunca existieran, en músicas lejanas que hicimos nuestras cuando los desamores o las pérdidas irremediables nos postraron.
Otoño que nos devuelve cuidadosamente a los versos que acudían a nuestro llanto con la yerma desnudez de la soledad. Noches antiguas de sombras rápidas que oscurecían el mundo más allá de los hogares. Músicas que sostuvieron el regreso, la esperanza. Músicas antiguas como la noche cerrada, planeadoras sobre los pesares y las alegrías. Noches que enfundaban de luto las calles solitarias, las farolas de luz blanca y las baldosas tartamudas de las aceras.
Es en el campo y en los libros donde se puede sentir el otoño, en la partitura.Pero en las ciudades del levante, como Cieza, todo se diluye,también las estaciones.Demasiada de su gente no ama el silencio, no comprende el rumbo de los vientos ni repara en las hojas muertas de los suelos. Aquí escasean los árboles y predominan horribles bloques de pisos anodinos. El asfalto hace tiempo que se impuso al adoquín y lo enterró, hace también tiempo que talaron las acacias de las aceras y se derrumbaron las casas con patio. Las acacias en otoño tenían las hojas de oro. Tampoco hay en estas ciudades estatuas de mármol, ni paseos caducifolios como en Perigueux. Creo que el otoño ha sido expulsado de estas ciudades desarrollistas, que solo le queda ya el refugio de los campos y los álamos del río, de los olmos y sauces que sobrevivieron a las terribles escolleras de hueso de cantera.
En los horizontes de la tarde moribunda, el otoño desciende velando montes y anunciando sombras. Las calabazas de zarangollo surgen entre las hojas decadentes de su propia planta como calaveras peladas. Aquí, en la huerta,sí abundan los árboles, todos frutales, y van tirando sus hojas para que vuelen como plumas, dos o tres segundos, antes de caer a la tierra, sobre sus hermanas. Una musaraña minúscula puede que husmee entonces entre ellas, que se pierda bajo su peso liviano, puede incluso que así se sienta protegida del halcón, hija del equinoccio.
Regreso a Hölderlin en estas fechas; “déjame recordar el silencio en tus profundidades”. A veces presiento las soledades que preceden al invierno como si yo mismo fuese un último Hiperión, como si constituyese la última resistencia a un mundo cada vez más ajeno que da la espalda a la naturaleza, que no repara en la belleza ni considera esencial el destino de una flor.
Vago entre árboles y libros mientras también para ellos pasa el tiempo. El tiempo corre hecho viento y desnuda la madera del árbol, amarillea el papel del libro. En el otoño es cuando retornan las distancias infinitas y las ausencias eternas, cuando las esperas se estremecen en vano porque solo la música se asemeja a los espíritus de luz. No alcanzaremos en nuestros anhelos por el pasado sino sentencias de melancolía y ríos de nostalgia.
Se nota que es otoño porque la noche llega cada día un poco más pronto, y pronto también, las calles se vacían de movimiento. Es así desde el veintidós de septiembre, aunque de día siga haciendo calor y solo haya refrescado algo en octubre. En el televisor, esta noche, Clint Eastwood y Meryl Streep, tanto tiempo después de ver los puentes de Madison por primera vez, vuelven a enamorarse. El otoño nos devuelve a los lugares comunes de nuestras vidas, sean estos los que sean. Mientras todo ocurre, imponente, la voz de Constantino Romero brinda por noches antiguas y música lejana.
Es madrugada. Duerme una parte del mundo.
Todavía hay mirlos que cantan desorientados por la luz de las farolas.
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