Ainhoa López (4º ESO C)

Ana está en 4º de la ESO. Cada mañana se levanta, desayuna, coge el bus, va a clase. Se cruza con mucha gente, pero casi nunca saluda. La asignatura de Historia le interesa un poco, pero no demasiado. Luego llega el recreo, vuelve a clase, después el bus y a casa. Allí su familia la espera para comer. Aunque a veces sonríe, no parece muy emocionada. Más tarde tiene clases de inglés, luego piano, cena y a dormir. Así pasan los días, y de repente ya es jueves.

Septiembre, octubre, noviembre y diciembre se van volando. En todo ese tiempo no ha contado nada gracioso en casa ni con sus amigas. Solo ha publicado algún post en redes, que ni siquiera es del todo cierto. Llegan enero y febrero, y con el frío los días parecen aún más pesados. Después marzo, un mes que en los libros se describe como un tiempo de cambios… pero para Ana todo sigue igual. Abril, mayo, junio… y por fin llegan las vacaciones.

Como cada verano, Ana viaja con su familia al pueblo. Allí viven sus abuelos, tíos, primos y amigos. Es un lugar pequeño, cerca del mar, con casas bajas y coloridas. Al principio Ana se siente rara por no tener buena conexión a Internet, incluso se enfada, pero poco a poco descubre que no está tan mal.

Un día de junio, al volver a casa al atardecer, con un vestido de rayas y música en sus cascos, empieza a fijarse en lo que pasa alrededor: los trabajadores recogen sus puestos, los amigos pasean sonriendo… y ella, solo con mirar, se siente un poco más feliz. Llega a casa y parece que ya no es la misma.

A la mañana siguiente madruga más de lo normal y va al puerto a mirar el mar. Allí ve a una familia sentada junta, pero sin hablarse, cada uno pendiente del móvil. Eso le hace pensar.

Cuando vuelve a casa para comer, se sientan todos en la mesa como siempre, casi sin hablar. Pero Ana rompe el silencio:

—Papá, ¿qué es lo que más te gusta de este pueblo? ¿Recuerdas algo bonito de cuando eras joven?

Su padre, sorprendido, le responde. Y entonces Ana siente algo que casi había olvidado: emoción. Esa tarde fue distinta. Hablaron, hicieron planes y hasta cenaron en la orilla de la playa. Ana estaba extraña, pero a la vez bien. No quería que esa sensación desapareciera.

Al día siguiente se despertó con mejor humor y lo transmitía a los demás. Poco a poco, ese verano se convirtió en uno de los más bonitos que había vivido. Ana había cambiado sin darse cuenta: había aprendido que la felicidad está en los pequeños detalles, en compartir, en dar y recibir. Y que la manera de mirar la vida puede hacerla sentir esa alegría que nunca querrá perder.