José Luis Tudela (profesor de Latín y Griego y escribidor de cosas)
No recuerdo quién dijo que en septiembre se pudre el verano y comienza a descomponerse en multitud de pequeños recuerdos que, al final, no se sabrá si pertenecen a este septiembre o a otro de hace cuatro, seis, veinte años. De todas formas, esa descomposición forma parte ya del fértil sustrato para meses siguientes, para octubre, para noviembre. Sobre ese suelo (sueño) hay que seguir viviendo. Cada verano no es un verano más, con su período de vacaciones y momentos de fresquito en casas climatizadas; ya se buscan veranos inolvidables, cada vez mejores, con mucha ansia y mucha post-pandemia y todo eso. Cuando algunos hablan de viajar a la Luna, otros más “avisados” ya se han apuntado en ciertas listas (¿listas?) de espera para una sugerente estancia en la serenidad de las tierras ocres de Marte. Siempre hay alguien que va más allá, será por lo del idiota que mira el dedo del sabio.
Venga, hablemos de sabios e idiotas.
Por mi parte, durante estos meses de verano crudo, implacable, no he hecho nada. Debería haber aprovechado el tiempo para completar ciertos trabajos literarios todavía pendientes, pero me agarré al calor como a un clavo en blanco y me excusé en una crisis creativa muy profunda (que, por otra parte, podrá fácilmente comprobarse durante la lectura de estas líneas). Ya no sé escribir de forma correcta, se me ha olvidado. En algún momento de lucidez, si puede tenerla un idiota como yo, pensé en iniciar investigaciones sobre ciertos temas que guardo en no sé qué lugar de la mente, pero durante cada mañana de bochorno me he dedicado, por pereza, a intentar cerrar ese cajón sin mirar adentro. Qué pesadez. La investigación, como bien saben ustedes, no se ha hecho para mí. También podría haber adelantado artículos para La Mandrágora, porque ideas no me faltan. Infructuoso empeño: la simple idea de ponerme a escribir por las mañanas ya me agotaba, me sumía en un sopor indescriptible, y eso que ni siquiera había desayunado. De las tardes ni hablo, y las noches no sé lo que son, tan llenas de estrellas y de perros. Me he limitado a resumir ciertas ideas en unos cuantos títulos, por si los textos se escribieran solos. Nada. Sé que los artículos futuros dormirán a gusto, con solo una frase en mayúsculas, todo lo más otra con una simple aclaración o subtítulo, y el inmenso, eterno blanco abajo, durante muchos meses, años o, si mi idiotez se redobla en bucle de vanagloria, siglos.
Ah, los viajes. Esto de viajar es ocupación de sabios, dicen las gentes, o pretensión de sabiduría. Todo el mundo da por sentada cierta obligación de viajar durante el verano. Es un temita de conversación recurrente, más en oficinas y otros trabajillos de buen pasar: que si la playita (pero no basta cualquier arenal, ni siquiera el Caribe, donde solía veranear todo mindundi hace veinte años: aquello se ha quedado muy corto, ya vamos por Bali, las Maldivas o el Mar de las Chimpampas), que si Tanganika, el Japón o la Cochinchina. Cuanto más lejos y más exótico, mejor y más epatante. A ver quién dice que ha osado pasar unos días en Mazarrón o en Bolbax. Lo que ahora epatabastante son los cruceros: por el Mediterráneo, por el Mar Egeo, los fiordos noruegos o hasta el Nilo, aunque sea en balsa. Ni lo he hecho, ni creo que vaya a hacerlo, Dios me libre de ese afán. Prefiero permanecer quietecico en casa, sin hacer más que lo necesario para sobrevivir, con un vaso de buen vino o una humilde cerveza al alcance de mi mano, y perderme esas interminables colas en el barco para conseguir un maracuyá de extraño sabor, o una piscina rodeada de toboganes y repleta de adolescentes que parece que en su vida han visto el agua. Masificación y consumismo dentro de un orinal flotante, ¿qué podría salir mal? Si para algunos prójimos su objetivo vital es hacer más viajes que Tintín y Milú, adelante, que lo hagan, pero no se quejen después porque les pisaron un callo en la cola de entrada a las pirámides de Egipto o les lamió una medusa la espalda el segundo día en Sulawesi. Pues con todo eso ya tienen para darnos la tabarra.
Ni viajar ni escribir, ¿Qué he hecho? Al menos, he leído algo, pero a quién le interesa, si la inmensa mayoría de quienes me rodean, en este sur de sabiduría eterna, ya ha leído tanto que apenas atrapo el hilo de las conversaciones. El nivel cultural es tan alto que casi nadie está pendiente del júrgol como antes, ni siquiera de aquello de la moda: los teléfonos móviles apenas acaso encienden con algunas llamadas al día. Confesaré, eso sí, que el último libro que acabé en agosto fue “La forja”, de Arturo Barea, y con eso quienes entienden ya tienen de sobra. Rebelde estoy.
Termino ya.
Por cierto, no busquen en estas líneas contexto, motivo ni argumento. Alguien, con razón, dirá que no encuentra en ellas, tras leerlas, sentido alguno. Pues no lo busque más, y dormirá más tranquila, o tranquilo. Confíen en lo que, en este mismo instante, les susurra su razón, no sin cierta malicia: efectivamente, he escrito casi chopecientas palabras por el simple placer, o inercia, de escribir, nada más.

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