Manuel Martínez (profesor de Historia)

“¿No es más bella la vida de mi corazón desde que te amo?” Friedrich Hölderlin

Como en la frase del romántico alemán, los propios Albares se alzan como un amor capaz de transfigurarse en varias formas. Albar, blanco, como las tierras margosas sobre las que crecen las oliveras y se levantan los edificios que nos acogen cada curso. Albares de mujeres y hombres que cada curso inician o prosiguen una historia de amor al magisterio, que se desviven para que el corazón del instituto palpite desaforado cada día que se abren sus puertas y la vida vuelve a las aulas y a los jardines, a los amaneceres, vislumbrando la Atalaya, o a los atardeceres que la desdibujan en los turnos de la mañana o en los vespertinos, lo mismo da, porque en los dominios del amor siempre reina la belleza.

Amor y entrega para que cada curso los alumnos tengan la mejor docencia, la afectividad más sincera, para que los padres sepan y sientan que sus hijos se encuentran en familia en nuestra comunidad educativa y que la fraternidad, en estas particulares relaciones humanas, define una de las identidades de las profesoras y profesores, de los conserjes y de los administrativos, de la directiva, porque no entendemos que la enseñanza se pueda llevar a cabo sin la intensidad de educar en todos esos aspectos de la vida que dan a la luz a excelentes estudiantes, responsables ciudadanos y buenas, buenísimas personas, como son, como serán nuestros alumnos.

Algunos de nosotros, profesores hoy, no estudiamos, sin embargo, en Los Albares, hemos conocido el centro cuando ya lo más difícil estaba plantado. Solo hemos tenido que abrazar y seguir cuidando lo que los primeros profesores y estudiantes conformaron hace ya casi cincuenta años. Es verdad que la nostalgia, ese sentimiento que nos hace tan grandiosamente humanos, se encarga de empequeñecer las malas vivencias, mientras que mitifica las buenas, pero eso también forma parte de lo que somos en Los Albares, porque aquí nadie muere del todo, ni las promociones primeras ni las últimas, ni los queridísimos compañeros que se marcharon de este mundo y nos convirtieron en huérfanos forzosos. Amor, ¡qué maravillosa palabra! Amor a los caminos que hubo que reconducir, a la memoria de lo que fuimos para entender lo que somos, para no perdernos en sendas vacuas y escaparates trivializados y ajenos a la esencia del conocimiento.

Amor, siempre amor. Amor a la propia denominación de nuestro instituto, ligada a la toponimia de uno de los parajes de Cieza, a nuestra identidad,  a su significado en la iconografía de la historia del arte; luz. Luz del conocimiento, del saber; Albar, Albares. ¡Qué nombre tan precioso para un lugar donde se ejerce el magisterio!, ¡qué pureza nominal tan alejada de cualquier connotación que no tenga que ver con la enseñanza! Albares.

Albares que define el entusiasmo y la fuerza de antiguos alumnos que el tiempo devuelve como profesores. Personas que se emocionan cuando regresan a su instituto después de recorrer algunas de las sendas de la vida. Yo los envidio, porque ellos conocen este lugar de todas las maneras posibles. Los veo sonreír cuando me relatan sus recuerdos de adolescencia, cuando me cuentan cómo eran sus profesores y cómo son ellos. Los siento imparables, ilusionados, y son como el viento que insufla las velas o el sol que hace germinar la yerba y madura la mies. Esta misma revista es el mejor ejemplo de ello.

Amor también – no puede ser de otra manera en una comunidad de dos mil personas – para crear parejas. Amores primeros, leves y difusos, como las edades incipientes en que se despierta a la vida. Pero también amores que duran, parejas de compañeros que se conocieron en Los Albares y siguen juntos sorteando de la mejor manera los planes del destino, esa maravillosa incógnita que nos acompaña siempre mientras respiramos. También, de vez en cuando, desamores, frustraciones que parecen insalvables cuando suceden, porque como escribió Gabriel García Márquez, “…ofrecer amistad al que busca amor, es dar pan al que se muere de sed…”.

Ahora que estamos casi al comienzo de un nuevo curso, soy consciente de todo lo que he aprendido, de lo que he mejorado en los veinte años que llevo enseñando esa pasión que se llama historia en mi instituto. Porque uno es de aquellos lugares donde se fue y se es feliz, donde se sintió amado, querido; de aquellos paisajes que hacen más bella la vida de los corazones.