
José Luis Tudela (profesora de Latín y Griego)
Todo final es un comienzo, y viceversa, pero los límites nunca son evidentes. Al parecer, en el Universo no hay punto de partida ni destino, y a mí no me extraña. Todo es tránsito. Nuestro destino es pasar, como dijo el poeta. Por eso sólo podemos medir los pasos. Marcamos la huida de los años de manera clara y estridente, con campanadas, fuegos artificiales de todo tipo y
sonoros ósculos contra personas que hemos “elegido” para tal celebración.
Las cosas no suelen ser así habitualmente. Las transiciones tampoco son tan evidentes, material voluble hecho de energía condensada y poco más. Es por eso que el presente no existe, inasible y fugaz. No se puede vivir en un presente que antes de terminar de decirlo ya es pasado, o futuro si todavía no es pensado, por no haber llegado todavía. Es la paradoja del tiempo. Muchos cambios, a pesar de evidentes, son prácticamente imperceptibles.
Si alguien tiene la certeza del momento exacto en que abandonó la edad infantil, y comenzó a pensar y obrar de forma diferente, que nos lo confiese.
Si lo que llamamos Edad Media, por ejemplo, se difuminó en el aire de Constantinopla mezclada con la sangre del último Constantino en 1453, como suele darse por cierto, entonces comprenderemos que, en realidad, el tiempo no es continuo ni estático, sino una sucesión de puntos inconexos, más o menos débiles, en donde una cosa comienza, otra acaba… Por supuesto, no podemos estar de acuerdo con esta impresión.
Si quienes están leyendo esto creen que he terminado de escribir un texto anterior antes de comenzar este, tendrán una idea muy equivocada, porque, mientras escribo este sustantivo, también he pensado en otra versión diferente del siguiente párrafo, o artículo, el que se intitula “Si plou”. Así, comprobamos que todo comienzo también supone un final, que enraízan juntos hasta que surge lo nuevo sobre el tronco podrido de lo viejo.
Vayamos al comienzo de los comienzos. El mes de enero, ianuarius en latín, está consagrado a Ianus (Jano, para entendernos), una antigua divinidad del Lacio. Cuentan que Jano, en principio,
era un rey latino que gobernaba la región media del río Tíber, donde había ocupado una de las colinas que lo circundan, todavía llamada Janículo. Este rey acogió a Saturno cuando fue expulsado de Grecia, iniciando así la fabulosa Edad de Oro. También enseñó a sus súbditos las artes de la navegación y la acuñación de moneda. Por eso, muchas monedas romanas de época
republicana llevan la imagen de Jano en el anverso. Tras su muerte, fue divinizado. El hijo y sucesor de Jano era Tíber, epónimo del río que cruza el Lacio. Se representa a Jano, sobre todo en monedas de la antigua República Romana, como un dios con dos rostros que miran en direcciones opuestas. Así consta en las monedas. Hay quien sostiene que una cara representa el pasado, la otra el futuro.
El templo de Jano en Roma abría sus puertas durante los períodos de guerra y las cerraba durante la paz (es de suponer que no era habitual verlo cerrado), para que pudiera ayudar en los menesteres bélicos. Jano se ha convertido en el dios de los finales y de los comienzos, de lo que se cierra y se abre, el tránsito, la transformación continua. A Jano se le dedica también el primer hijo, el principio de las plegarias a los dioses, los planos de una casa… Así, su ámbito incluye puertas (ianua en latín), encrucijadas, inauguraciones, comienzos, decisiones y, por supuesto, el año nuevo. Por eso el primer mes del año tomó de él su nombre en latín, heredado por un sinfín de idiomas: ianuarius, gener, enero, Gennaio, janvier, xaneiro, janeiro, Januar, January, ianuάrioV (ianuarios), yanayir, januara, ionawr, Januari, gènier, Januàro, yanvar, yanavari, zenaro, jinnaru y basta.
Enero de 2026 trae cosas nuevas, que son viejas, y asuntos viejos que parecen nuevos. Bien sabían los romanos que este ámbito es territorio del dios de las dos caras. En fin… Ya que no tenemos Janículo, abriremos de par en par las puertas del templo, si todavía no estaban abiertas, por si el dios tuviera a bien salir otra vez en tromba contra los enemigos de la república, que son diversos y tamaños.

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