José Luis Tudela (profesor de Latín y Griego y amigo de Marcial)

En una ocasión escribí que mi amigo Marcial, ya nombrado en numerosas conversaciones, fabrica sus propias agendas sólo por el gusto de escribir de antemano el que ha de ser su último día. Al acabar cada año, a punto de desecharla libreta correspondiente, comienza a rellenar los huecos de días vacíos, con varios colores de tinta, con una miscelánea de impresiones, reflexiones, ora relatos muy breves, ora versos, aforismos y otros apuntes sueltos, de tal manera que resulta un relato fiel de lo que Marcial vive, piensa, sufre y observa. Yo opino que se deja leer, sinceramente. Por eso le sustraje sin malicia uno de estos cuadernos, que él llama “de desperdicio”, y, después de descifrar algunas páginas, he decidido publicar aquí algunos fragmentos que me parecen más significativos, para que nos hagamos una idea aproximada del quehacer literario -o no- de mi querido Marcial. No los criticaremos, ni antes ni después de leerlos, pero ustedes tienen que prometerme que no le revelarán su publicación al autor, si tienen la fortuna de conocerlo. Él, por supuesto no sabe nada de esto, y puede tomarlo a mal.Publicamos aquí, por tanto, algunos de los fragmentos de Marcial, con los que se puede reconstruir su alma, su vida a jirones, como camisa vieja que antaño fue preferida. Seamos con él más que comprensivos.

  1. B.: Delante de cada texto, Marcial ha consignado unos números, que supongo que corresponden a la situación del escrito en el año en que fue concebido. Los he dejado tal como aparecen.

 

19/2023. En esta Coprópolis que sufro cotidie, sobre una acera de la Avenida del Santo Padre, se yergue una cúpula asombrosa, que brotó en forma de árbol, vegetal refugio de innúmeras volátiles (passeres los llamaban los líricos ausonios, y así quedaron) que adornan con su algarabía amaneceres y las últimas horas de luz.A veces, si me atrevo a salir de casa, suelo pasear por esa avenida, a las siete o las ocho, según la estación del año, de mañana o de tarde, con el solo objeto de escuchar la sinfonía de gorriones, que siempre suena distinta. La mayoría de mis convecinos de Coprópolis no parece atender a estas conversaciones “gorrionescas”, como tampoco se percatan de la merma atroz, cada año más acusada, en el número de estos pajarillos que, sin quejarse, comparten nuestros espacios ciudadanos. Es una lástima. Como especie pensante, no tenemos perdón de los dioses, y esa es nuestra mayor tragedia. Tengo que recordar en este momento, mientras disfruto del concier… (sic).

20/2023. Esta casa está acogida a los beneficios de la Ley de 15 de Julio de 1954. Me estremece la dignidad de estas casas baratas de los años cincuenta, especialmente palpable en sus patios impolutos, como recién barridos, y salpicados de tiestos con plantas: ficus, geranios, siemprevivas, azaleas… Contrasta sobremanera con la mezquindad que habitualmente me rodea, me invade, me ahoga, me fatiga, que Dios me perdone. A veces me imagino habitante en una de esas casas modestas, cultor de vida pequeña, tan pobre como ahora, y tan honrado, pero con esa aura que se teje desde la sencillez y la paciencia. Se trata de una fantasía ingenua que nadie debería tenerme en cuenta. Si metiéramos todas estas tonterías mías en un saco, seguramente no tendrían más peso que una pluma de gorrión.

12 / 2023. Contemplo con estupor el triunfo de lo inevitable. Lo hago cuando puedo, como ahora. No es una derrota. El hombre que me acompaña es mi padre, y soy yo, y es cualquiera, o sea, nadie. Cogemos verduras, regamos el huerto, envueltos en una conversación escueta y precisa, como el aire de octubre. Le cuesta, cada vez más, agacharse, estirar un brazo, dar cinco pasos seguidos sin arrastrar un pie. Le pesa la vida, dice mi padre, en cada pierna, con una gravedad ineluctable hacia la tierra, preparada para nosotros, seca, traspillada. Mi padre representa la última barricada que me queda, el bastión previo antes de mi propia resistencia. Cuando caiga como un muro minado, seré yo quien quede en primera línea, en este cuerpo. La batalla llegará a mí y seré otro muro, más o menos resistente, delante de los más jóvenes. En el huerto hacemos un bulto lejano de dos hombres que recogen unas cuantas verduras y abren paso al agua, que nunca es la misma y siempre es. El agua llega por los canales sin distinguir tierras ni plantas, se reparte en rincones hasta alcanzar una cota y amerarse, o desbordarse, pero acaba filtrando su licor en la tierra todo lo que puede, hacia más abajo del polvo superficial, ocultándose en las raíces. Emergerá. Lo hemos visto tantas veces que ya es como si el sol se desplomara sobre un horizonte de agosto. Lo inevitable va llegando en el fondo de esta agua, inundando las grietas de pequeños momentos, alcanzando rincones del alma que no suponíamos. Mi padre ha terminado, dice. Anochece. Nos vamos. El último momento siempre será una pregunta.