José Luis Tudela (profesor de Latín y Griego)

Escribo desde el túnel, y no es una oscuridad en donde aceche una bestia que, por desconocida, sería temible, como en tantos cuentos. No hay otra bestia ni nada, aparte de mi persona, en este túnel, y ese es el motivo del horror. Me explico. Afuera, cualquier ser vivo o inerte es abrasado por cuarenta y cinco grados de temperatura. Ayer fue lo mismo, y antes de ayer. Mañana habrá otros cuarenta y tantos, y pasado mañana se supone que no bajará mucho esa temperatura. Hace todavía pocos años, los más pesimistas imaginaban este tipo de supuestos proyectados a mediados de siglo, entre 2040 y 2055, a lo sumo. Entonces yo temblaba, no de frío, evidentemente. Pensaba que en 2045 mi avanzada senectud iba a estar muy próxima a la idea de un papel en llamas. Ahora compruebo que estaba equivocado, que aquellos pesimistas estaban muy equivocados (a los optimistas es mejor no mencionarlos). Desde que entramos en la presente década, veinte años antes de lo previsto, el papel en llamas nos está quemando las yemas de los dedos, y lo peor es que la mayoría de mis congéneres se limitan a mirar el humo, incluso algunos aspiran su aroma acre como si florecieran jazmines en ese aire ardiente. No sé si admiro más su paciencia que su estulticia.

Esto va a escocer, aviso.

Mi túnel es profundo y estrecho. Hoy es 17 de agosto, y en las costas se acumula una cantidad ingente de humanos y homínidos que buscan un no sé qué de placer en su sufrimiento de tomates atropellados por el nuevo clima. El hedonismo más vacuo y brutal campa en las orillas del piélago, ya no tanto en las calcinadas ciudades del interior, como aquel personaje ominoso pintado por Brueghel sobre un caballo esquelético. Los casi resucitados de la costa no parecen darse cuenta de nada, no sufren. Lo que yo no sabía es que, en su nada de muertos sin muerte fija, o de vivos sin vida inteligente, disfrutan del desastre, se regocijan como las ranas de la fábula, se revuelcan en una arena que, apenas unos días o meses antes, acogieron los fragmentos dispersos de sueños de modernos Ulises, hechos jirones de espuma contra los escollos de la bahía. No pasa nada. Si hay un cadáver en el camino del placer, cocido a más de cuarenta grados -no lo olvidemos-, se aparta, se entierra o, simplemente, se obvia, y a seguir gozando: gafitas de sol y un insoportable sonsonete atún-con-pan atún-con-pan bien dentro de los oídos, porque ya incomoda hasta la cadencia de las olas, que parece traer a la orilla los nombres de los ahogados. Primero, el ombliguico a la vista. Lo más extremo, de momento -lo sé porque lo he visto-, es exigir que dispersen a cañonazos a los náufragos cuando solo son carne macilenta sobre embarcaciones de maderas viejas. Es que molestan. Molesta su presencia, su mera existencia. Molesta el tono cobrizo de su piel, tan conseguido como el de muchos bañistas, aunque en este último caso sea impostado y premonitorio de graves enfermedades. Sarna con gusto no pica, dicen que dicen. Pero eso no es sarna, señora, que lo sepa.

Este túnel no tiene fondo, o yo no lo veo. Toso, me duele la garganta, y noto que me hundo más en él. Por eso, en lugar de hablar, escribo. No molestan la interminable cantidad de frutas que llegan impolutas a los mercados y a los puertos de occidente, ni la carne y el pescado que, dispuestos para una ingesta rápida y feroz, todavía rezuman placer en expositores y estanterías, envueltos, si es posible, en plásticos (ah, los plásticos), como el propio mar está envuelto. Eso no incomoda, todo lo contrario. En este día 17 de agosto, los bañistas, y los que no se han bañado, y yo mismo, preferimos abrir un melón, una sandía, sin pensar en las manos que lo tocaron por vez primera, a cuarenta grados de temperatura o más, sobre el sembrado. Manos necesarias. Manos invisibles de gente invisible que trabaja diez o doce, o cuántas horas por jornada (el día que pueden), cobra su estipendio de siervos anuentes y desaparece. Y no tiene nombres. No se llama Mohamed, ni Hasna, ni Oswaldo ni nada. No se llama porque es anónimo, apenas una sombra, y hasta agnóstico, porque no celebra nada en territorio público. Lo tiene terminantemente prohibido, democráticamente prohibido. Ha de ocultarse en túneles peores que el mío, acuciado por la vergüenza de casi no ser. No es un prójimo. Tampoco deja huellas, ni baja a la playa cuando los bañistas gozan de aguas a treinta grados de temperatura, o más, de un sol tórrido que les da cierto aire chic y saludable de tono cobrizo, con el que pueden presumir después en sus cómodos ambientes de trabajos climatizados. Y no se habla, no se puede hablar de aquellos cadáveres deshilados que nadie ha visto en la costa. Lo peor es que quien ahora escribe también tiene buena culpa de esto, acaso más que otros, por no apartar la vista, no olvidar y, sobre todo, por no hacer, tan hondo como me guardo.

Avisé de que escocería.

He escrito en las paredes de mi túnel, en lo más oscuro de mi túnel, estas palabras agrias que ignoro si alguien más inteligente que yo podrá algún día descifrar, si tuviera la fortuna de encontrarlas sobre la arena, antes de que las borre la espuma que grita ya sabemos qué nombres y lugares anónimos. Pero dejemos que se enfríen un poco. Les dará luz en noviembre, por lo menos.

Diecisiete de agosto de 2025. Cuarenta y cinco grados marca el termómetro, ahí afuera. Yo no tengo fiebre, es el mundo el que enferma.Poseo, en cambio,el fármaco más eficaz.

Lo tomaré como Sócrates hizo con su copa de cicuta, alzándola delante de todo el mundo. Sed testigos.