Nuestro columnista, Manuel Martínez Morote, cierra la sección de opinión con un artículo realista, transformador y portador de una verdad absoluta que ocurre con el devenir de los días en nuestro centro. Si desde La Mandrágora hemos construído testimonios de opinión enriquecedores con las palabras, ha sido gracias a él y a José Luis Tudela.
Manuel Martínez Morote (profesor de Geografía e Historia)
Yo no estudié en Los Albares, conocí el instituto siendo ya profesor de geografía e historia y después de haber hecho un generoso periplo de experiencias docentes por muchos de los territorios de la provincia. Desde el principio, me pareció un lugar diferente, un centro donde no existía la jerarquización social entre profesores, tan común en algunos, basada simplemente en los años de antigüedad de unos frente a otros.
Aquel hecho tan importante se subrayó de manera especial en mi amadísimo Departamento, al que agradezco infinitamente aquella lejana y fraternal acogida. Pero lo mismo o parecido me ocurrió con la directiva de entonces y las que llegaron después, y con mis compañeros de FP, Bachillerato, conserjes, administrativos y ESO; porque mayoritariamente, habían interiorizado la importancia que en la vida tiene ayudar al que lo necesita, ser buena persona, en sentido amplísimo, como requisito indispensable para ser buen profesor.
Ese principio conformaba la esencia del funcionamiento del centro, y se hacía visible en las relaciones del profesor con el alumnado, con las familias. Los Albares siempre ha tenido suerte con sus profesores, porque en su mayoría han sido grandes humanistas desde las ciencias y las letras, y han hecho todo lo posible por transmitir desde este punto de vista, la grandeza de cada una de sus materias docentes; cada mañana se inicia el despertar del mundo sobre las copas de los pinos en los jardines del instituto, tan altos y bellos, acompañantes y protectores inmutables en las confidencias de ese tesoro de esperanza que son nuestros alumnos.
La recuperación de la Mandrágora aúna todo lo anterior. Ahora que el curso se extingue, cuando todo nuevamente es final para volver a comenzar, como el devenir de la vida, como la constante búsqueda de cada una de nuestras Ítacas, la revista se alza como albacea de todos los aconteceres de nuestra comunidad, como legajo archivístico en el que, los que vengan y quieran, puedan rozar con delicadeza las proezas inconmensurables de enseñar y aprender, de crecer y envejecer, para que así, de esta manera, uno pueda ser como las montañas floridas en los libros antiguos de Reclús.
En la mitología medieval europea, se pensaba que, en la frondosidad de los bosques, algunos duendes podían tornarse en plantas. La forma de la raíz de la mandrágora fue identificada con el cuerpo de un hombre, y si se intentaba arrancar, emitía gritos tan desgarradores que producían la muerte, por eso era necesario taparse los oídos con cera y atar la planta a un perro que tirase de ella; el pobre animal, al no poder soportar los gritos, siempre moría. Algunos decían que la planta brotaba debajo de los ahorcados, cuando expulsaban sangre u otros humores, y sus poderes alucinógenos fueron utilizados por esos hechiceros que siempre han existido aprovechado el tirón de la ignorancia, el miedo y la superstición.
Los alcaloides de nuestra Mandrágora albar son otros, las palabras. Son las historias con las que describimos los viajes que hicieron falta para pasar de la niñez a la adolescencia, de ésta a la adultez; es el envejecimiento de los profesores y también la muerte, finales abruptos que nos conmueven en nuestra fragilidad de seres desamparados, tristezas de huérfano sin consuelo que nos han hecho tambalear mientras perdíamos compañeros irremplazables, espíritus que hoy se posan en nuestras sienes y llegan hasta nosotros como mariposas blancas dadoras de paz y esperanza.
Nuestra Mandrágora se abre a todos los senderos que recorremos para ser personas decentes, a la infinitud de corazones que conforman esta maravillosa comunidad educativa que es los Albares. No son de supercherías de lo que están hechas las crónicas de la revista, sus relatos o sus poemas, sus editoriales, que al contrario hay cimientos equilibrados de razón y emoción, de cuanto conforma de manera completa lo que somos a cada edad y en cada lugar, porque tenemos la necesidad y la obligación de clamar todas las posibilidades, porque el mundo necesita tanto la lectura, tanto la memoria.
La Mandrágora es una ventana del instituto hacia el exterior. A través de ella nos conocen, nos sienten, miran con curiosidad qué ocurre en cada uno de sus aposentos. Es un lugar siempre abierto, dichoso en la mañana y el mediodía, en la tarde y la noche, una esfera de versos recién paridos, de música, esa gloria esencial de la plenitud del alma…
Calor de junio.
En la senda de marcha
blanquean huellas.
Compañero, gracias por haber confiado, por no haber abandonado y por transmitir con inteligencia y con sentido común la verdad de nuestra existencia con ese amor tan especial a la naturaleza y con esa lucha porque siempre triunfen la justicia y la paz.

Simplemente Precioso!!!. Contentos deben estar los alumnos del Instituto Albares con esa Comunidad Educativa., q transmite valores y respeto hacia el otro y a la naturaleza q también es necesario escuchar.Una maravilla de escrito.
Espero ansiosa vuestros textos en el próximo curso!!
Muchas gracias.