Manuel Martínez Morote (profesor de Geografía e Historia)
Tú querías que yo te dijera
el secreto de la primavera.
Federico García Lorca.
Hay cerca de Bullas un pequeño lago que, en épocas de lluvia, a modo de ibón mediterráneo, surge entre montañas de pinos y campos de sembrado. Es un lugar todavía con relativa poca afluencia de visitantes, y conociéndome como me conoce José Antonio Sánchez, sabiendo lo poco que me gustan las aglomeraciones, allí me llevó en un sestero de este mayo hernandiano, esplendoroso de atochales, de jaras y tomillos doblados de flores y de luz, verde mayo por fin.
Unos días después, de mañana, los dos y María González nos pusimos a crestear esa montaña inigualable que es el Almorchón. Mientras ascendíamos hacia la cumbre, por la umbría, iba pensando en la fortuna de vivir aquel momento con dos amigos, descubriendo el secreto de la primavera madurada. Verdegueaban los campos a los pies de la montaña como terciopelo recién acariciado, en las copas de los almendros de los llanos y en las movidas resucitadas de los pinos carrascos, y en las alturas maravillosas de las dolomías jurásicas, había mariposas que hacían equilibrio en las aristas acuchilladas de los lapiaces; mientras, alguna blanca, especial, nos llegaba desde los confines de nuestros recuerdos.
Así se nos va acabando este mayo de lluvias de abril, porque gracias a aquellas aguas hemos podido ver de nuevo en las laderas de las solanas los atochones del esparto a millares, reflejando el oro del sol, cobijando criaturas entre sus entrañas; hemos vuelto a disfrutar con los sonidos de la naturaleza, brillantes y agudos en el piar de las ramas emboscadas, cerrados y graves en el fondo de las madrigueras. Mayo de flores en los campos de secano y en la vega, en la montaña y en las orillas de los ríos en los que viven lirios amarillos, anea y sauces de mimbre donde el martín se columpia sobre las aguas…
Hay quien no puede sufragar la felicidad, la paz. Condenados que no podrán nunca amanecer en la cumbre de una montaña porque fueron asesinados en las más de cincuenta guerras que asolan hoy a la humanidad. Habrá padres que ahora mismo lloraran a sus niños en Gaza mientras la primavera sucede en otros confines. Habrá tumbas reabiertas para sepultar a muertos que ya no caben en ningún lugar, y éxodos de refugiados que repetirán una huida a ninguna parte, porque serán rechazados y sobre ellos caerá la ira de los cobardes y la deshumanización de la aporofobia.
Hay otros mayos diferentes a los nuestros, mayos sin primavera desprovistos de poesía, mutilados de esperanza. Hay días terribles de niños que morirán de hambre, niños famélicos y desamparados que no tienen mariposas porque no tendrán recuerdos, porque están condenados a la muerte y son a millares pastos de las moscas.
No hay campos verdes en los escombros de los hospitales ni en las escuelas bombardeadas, en ese mayo que se torna eterno porque la miseria sobre la que viven y se enriquecen los miserables que declaran las guerras no conoce el límite del tiempo, porque el desconsuelo ya ha echado raíces profundas en las entrañas de los indefensos.
Hay, al menos, que levantar la voz, utilizar la palabra desde nuestro mundo por todos aquellos que sufren la tiranía en cualquiera de sus formas. Hay que ser valiente y no tolerar lo intolerable, porque no podemos soportar la agonía adelantada de los inocentes ni la arrogancia de los verdugos, ni queremos ser indiferentes, ni dejar de sentir;no queremos perder la honradez ni servimos para ser cobardes envilecidos.
Se marcha mayo queriendo llevar a la entrada de todas las aldeas correhuela y albahaca, se marcha exultante en nuestros campos y derrotado en las tierras de la guerra y la ignominia. Creo que alguna vez susurraran en paz versos de primavera los pechos que sobrevivan a la barbarie, y que buscarán umbrías que lleven a las cumbres por reencontrarse con los niños muertos en las alas de las mariposas blancas, sobre los campos y los ríos, en la flor y en el viento.
El 29 de mayo de 1958 se marchó Juan Ramón Jiménez, uno de mis poetas del alma. Que sus palabras sean un homenaje a la memoria de tantos olvidados:
¡Hoja que fuiste nido, lira y lengua de la tierra, juego de la brisa, espejo del sol, mano para el agua; lágrima de oro que el corazón de la tierra, a donde llegas hoy, te brote verde y lujosa en primavera ¡

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