(A María José in memoriam, compañera, amiga, con quien tanto hemos reído)

«Intelijencia, dame el nombre esacto de las cosas» (Juan Ramón Jiménez)

Por si alguien se acuerda de los poetas malditos, aquí tenemos

a Erri de Luca mientras asciende a las cumbres de la literatura.

Para no despeñarnos, nos conviene leer algo de él.

 

José Luis Tudela (amigo intelijente y estraño y profesor de Latín y Griego)

Mi amigo Marcial, entre otros vicios, se dedica a emborronar papeles, como en ocasiones un servidor, sin evaluar las consecuencias. En sus momentos de más intimidad, este hombre lee mucho y bien -un puntico de envidia le tengo por esto- y, entre lecturas, aprovecha para escribir lo que le viene a la mente: desde reflexiones sobre cualquier obra literaria, pasando por artículos que nunca publicará (dice que para qué, si casi nadie los va a leer como se debe: los escribe sólo para él y sus amigos) hasta poemas en exquisitos endecasílabos e, incluso, pequeñas obras de teatro que él llama “juguetes cómicos”. Cualquier cosa, ya se ve. Cuando cree que tiene algo más o menos acabado, un relato, un poema, lo envía a ciertoscertámenes literarios, que suele elegir por proximidad. A veces, en nuestras conversaciones, trasciende alguna noticia sobre la suerte de estas propuestas. Este año, los manchegos no quieren premiarme nada, sugirió hace meses. O, simplemente, con esa ironía tan característica suya: Vaya, estoy haciéndome rico con tanto premio; mañana daré aviso en el banco, no sea que se alarmen. Sus cosas.

Tengo que decir que mi amigo tiene más fortuna que yo en el asunto de los premios literarios, de momento. Se lo merece, porque le pone empeño: él escribe y escribe, con afán de monje adscriptorium, y luego pule su discurso, suprimiendo y añadiendo palabras, sonidos, frases enteras. Sostiene que la labor de un escritor debe asemejarse a la del escultor, que va despojando de material un bloque de piedra hasta dejar una obra que nunca estará verdaderamente concluida: igual que la obra de arte se oculta en el interior de un bloque de piedra, y el artista la “ha visualizado” antes de tocar herramienta alguna, nosotros los poetas, continúa Marcial, debemos extraer nuestros versos, nuestras pobres líneas, del mismo aire que respiramos: ten en cuenta que, “por lo que sea”, algunos respiran más fuerte que otros. En esto coincide nuestro conspicuo copropolitano con Erri de Luca, Juan Ramón Jiménez y Sócrates, entre otros.

-Escucha: eso que dices que debería ser el arte de escribir es más difícil que dar golpes a una piedra -alego yo.

-Pues lo mismo que respirar -me responde.

Ahora a Marcial le ha dado por aquello de la inteligencia. Pero no la buscada por Juan Ramón, que para él se escribía con jota, ni siquiera la dianoῖa que decían los griegos. Marcial rabia con el asunto de la inteligencia artificial (o artificiosa, como dice él). Se le hinchan las narices, entre otras cosas, cada vez que un fulano, un tontolpijo, suelta eso de que la IA (la AI, para los más ineptos) es una herramienta extraordinaria. A ese gilipollas le daba yo en la molondra con un mazo así de extraordinario, a ver si se espabila, dice, y que luego se arregle el pensamiento con la inteligencia esa. Coincidimos en valorar el demérito que supone el abuso de los medios artificiales para producir un objeto artístico, evidentemente, pero es que Marcial comprende a la perfección los riesgos de esta práctica, ya tan extendida, y sabe dónde poner el límite: Para la literatura,así como para el arte, debería estar absolutamente prohibido. No cuesta trabajo estar de acuerdo con él. Ya tenemos suficiente con la lectura, siempre interrumpida por el sentido común, de muchas patochadas que nos llegan a los ojos, algunas veces con cierta urticante pátina de artículo científico.

-Pero tú no utilizas la inteligencia artificial para escribir lo tuyo, ¿verdad?

Marcial me lanza una mirada confusa, y luego mira a su alrededor como el que busca una navaja de afeitar, un escoplo o algo así, antes de soltarme:

-¿Te parece que una persona que tenga dos neuronas conectadas necesita que una maquinita le dicte lo que tenía que haber pensado? Si tu respuesta es afirmativa, creo que hemos llegado por fin a aquel mundo feliz de Aldous Huxley…

-Huy, amigo -le contesto-, siete años faltan para el primer centenario de la publicación de esa novela. A esas alturas, supongo que ya estarás podrido de dinero, por la acumulación de premios literarios, y nada te importará más que los viajes espaciales con tus amigos calvitos y sonrientes de Amazon.

Y concluye él: ¿Amazon, has dicho? Mira, prefiero las Amazonas con la mitad de tetas. Dentro de siete años no sé, pero que sepas que, tal como están los tiempos, ahora se venden mejor las motosierras que los libros, y con más gusto.

Ya ven. Este hombre no tiene remedio.

Se abatió la tarde sobre el patio de Marcial, entró la gata en la casa, zalamera, me despedí de él, fuime y no hubo nada.