Fantásticas novelas juveniles

La niña miró hacia el interior. Había numerosos abrigos colgados, la mayoría de piel. Nada le gustaba tanto a Lucía como el tacto y el olor de las pieles. Se introdujo en el enorme ropero y caminó entre los abrigos, mientras frotaba su rostro contra ellos. Había dejado la puerta abierta, por supuesto, pues comprendía que sería una verdadera locura encerrarse en el armario. Avanzó algo más y descubrió una segunda hilera de abrigos. Estaba bastante oscuro ahí adentro, así es que mantuvo los brazos estirados para no chocar con el fondo del ropero. Dio un paso más, luego otros dos, tres… Esperaba siempre tocar la madera del ropero con la punta de los dedos, pero no llegaba nunca hasta el fondo.

No es muy sorprendente que después de aquello yo me convirtiera en un niño muy consciente de las brujas. Si por casualidad me encontraba solo en la carretera y veía acercarse a una mujer que llevaba guantes, cruzaba rápidamente al otro lado. Y como el tiempo fue bastante frío durante todo ese mes, casi todas llevaban guantes. Sin embargo, curiosamente, nunca volví a ver a la mujer de la serpiente verde.
Esa fue mi primera bruja. Pero no fue la última.

Matilda no se atrevió a responderle y permaneció callada. Sintió que le invadía la cólera. Sabía que no era bueno aborrecer de aquella forma a sus padres, pero le costaba trabajo no hacerlo. Lo que había leído le había mostrado un aspecto de la vida que ellos ni siquiera vislumbraban. Si por lo menos hubieran leído algo de Dickens o de Kipling, sabrían que la vida era algo más que engañar a la gente y ver la televisión.

—Recuerdo cada varita que he vendido, Harry Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de don­de salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras desti­nado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz.

Clásicos contemporáneos

Según su itinerario, debía llegar a la capital de las Indias, el 25 de octubre, veintitrés días después de haber salido de Londres, y llegaba el día fijado. No tenía pues, ni adelanto, ni atraso. Desgraciadamente, los días ganados entre Londres y Bombay quedaban perdidos, del modo que se sabe, en la travesía de la península indostánica; pero es de suponer que Phileas Fogg no lo sentía.

Desde que habíamos topado con el esqueleto y habían empezado a dar vueltas en sus cabezas a esos recuerdos, sus voces iban haciéndose un sombrío susurro, de forma que el rumor de las conversaciones apenas rompía el silencio del bosque. Y de pronto, saliendo de entre los árboles que se levantaban ante nosotros, una voz aguda, temblorosa y rota entonó la vieja canción:
          «Quince hombres en el cofre del muerto.
           ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!».

Sí, es una historia desagradable porque el hombre en cuestión era un personaje detestable, un auténtico infame, mientras que la persona que firmó ese cheque es un modelo de virtudes, un hombre muy conocido y, lo que es peor, famoso por sus buenas obras. Un caso de chantaje, supongo. El del caballero honorable que se ve obligado a pagar una fortuna por un desliz de juventud. Por eso doy a este edificio el nombre de «la casa del chantaje». Aunque aun eso estaría muy lejos de explicarlo todo -añadió. Y dicho esto se hundió en sus meditaciones.

  -Entre paréntesis, Dorian -dijo al cabo de unos momentos -, “¿ de que le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde – ¿cómo era la cita? Sí, eso es -; si pierde su propia alma?”
Dorian tuvo un estremecimiento, dio unas cuantas notas falsas y, volviéndose, miró fijamente a su amigo.