Clásicos contemporáneos

Según su itinerario, debía llegar a la capital de las Indias, el 25 de octubre, veintitrés días después de haber salido de Londres, y llegaba el día fijado. No tenía pues, ni adelanto, ni atraso. Desgraciadamente, los días ganados entre Londres y Bombay quedaban perdidos, del modo que se sabe, en la travesía de la península indostánica; pero es de suponer que Phileas Fogg no lo sentía.

Desde que habíamos topado con el esqueleto y habían empezado a dar vueltas en sus cabezas a esos recuerdos, sus voces iban haciéndose un sombrío susurro, de forma que el rumor de las conversaciones apenas rompía el silencio del bosque. Y de pronto, saliendo de entre los árboles que se levantaban ante nosotros, una voz aguda, temblorosa y rota entonó la vieja canción:
          «Quince hombres en el cofre del muerto.
           ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!».

Sí, es una historia desagradable porque el hombre en cuestión era un personaje detestable, un auténtico infame, mientras que la persona que firmó ese cheque es un modelo de virtudes, un hombre muy conocido y, lo que es peor, famoso por sus buenas obras. Un caso de chantaje, supongo. El del caballero honorable que se ve obligado a pagar una fortuna por un desliz de juventud. Por eso doy a este edificio el nombre de «la casa del chantaje». Aunque aun eso estaría muy lejos de explicarlo todo -añadió. Y dicho esto se hundió en sus meditaciones.

  -Entre paréntesis, Dorian -dijo al cabo de unos momentos -, “¿ de que le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde – ¿cómo era la cita? Sí, eso es -; si pierde su propia alma?”
Dorian tuvo un estremecimiento, dio unas cuantas notas falsas y, volviéndose, miró fijamente a su amigo.

 

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