Revista "La Mandrágora" – IES los Albares

Albaricidio

 

José Luis Tudela Camacho (profesor de Latín y Griego y un albaricida)

Los pinos estaban tan plácidos, en su acostumbrada batalla estival contra las inclemencias…

Los senderos estaban tan firmes, tan compactos, que la última polvareda de junio les parecía ya, acaso, una reminiscencia mitológica.

Los gatos campaban a sus anchas, dueños del instituto, hasta avanzadas horas de la mañana, somnolientos, enfocando los ojos, despreocupados, buscando los lugares menos tórridos para iniciar su descanso de diez horas seguidas. Algunos que nacieron a finales de junio todavía no sabían lo que era un humano, hasta ahora. Criaturicas.

Las ventanas han estado tan cerradas, tan planas, que, llegado el primer día de clase, se negaban a abrirse y, una vez desprendidas, no dejaban pasar aire alguno, por lo que sea, hasta que entró una especie de siroco cabreado, caliente y medio húmedo, como si viniera directamente del peor Vietnam (y que me perdonen los del Vietnam).

Y los profesores, las profesoras… ¿Qué necesidad había de tragarse uno a uno los treinta y ocho grados de temperatura de septiembre en Los Albares? ¿No se estaba mejor en casa, al fresco, o en un bar, en una biblioteca, y hasta en un tanatorio? Pues se ve que no, que había que entraren unos edificios que olían a algo muy cerrado y remoto, una especie de tufo, seguramente producto de la putrefacción avanzada de saberes y conocimientos, básicos y de los otros, de viejos estándares mojados y adheridos al fondo de un cubo, como esa ropa sucia de nadie que muchas veces se ve en los rincones de los puertos. Hubo que abrirlo todo, todo, para aventar ese espíritu ominoso.

Cuando llegaron los alumnos, arrastrando los pies como camellos desmayados al borde del Takla-Maklan, y las alumnas, no podíamos creer que fuera ya el momento de desplumar los libros, de deshacer toneladas de tiza en un yesar improvisado cada día (ya sé que ahora menudean las clases con nuevas tecnologías, pero este hombre torpe todavía no encuentra poesía entre las teclas de un ordenador, ni en los grumos de porquería que se quedan para siempre en los bordes de las pantallitas).

Y las sombras de los árboles. Ha pasado algo con las sombras de los árboles que se alinean junto a la cafetería, dilectas discípulas. Esas sombras ya no son las mismas, por si no os habíais dado cuenta. Que sepáis que los profesores han vampirizado, durante las primeras semanas del mes de septiembre, cada día,las sombras de los pinos que están junto a la cantina. Las han aprovechado, las han exprimido, abusando, absorbiendo sus bondades, sus tres o cuatro grados menos, con cierta avaricia, como si fueran propietarios de viviendas alquiladas en Chamberí, que dudo yo si esas sombras no van a necesitar todo el invierno para recuperarse completamente.

Todo un albaricidio estamos cometiendo, por venir tan pronto y con tanto afán a esto que llamamos trabajo. Sí señor, albaricidio. Este neologismo podría aplicarse a la destrucción, o asesinato, de Los Albares. No se debe. Si esto fuera declarado parque natural, o reserva de la biosfera, las autoridades competentes no dudarían en restringir el ingreso en él. Y yo contribuiría, con toda mi capacidad de sacrificio, a su conservación, evitando en lo posible mis visitas, intentando no venir, al menos, en esos delicados días que corren entre verano y otoño. Ruego que se me acepte la propuesta, ya para el próximo curso, por supuesto.

Ahora vendrá el otoño, y después el invierno, y veremos cómo se agotan los edificios, con sus ventanas, sus puertas, sus sillas y sus mesas que cojean para quejarse de todo, por no hablar de los artilugios tecnológicos. Comprobaremos el desgaste de los senderos, que dejarán al descubierto las raíces de unos pinos que no terminan de acostumbrarse, y por eso intentan escapar por el único lugar que les queda libre, es decir, por arriba, hacia el cielo, cada vez más arriba. Igualmente, con el paso de los meses, crecerán las sombras de los árboles, se ensancharán y cobrarán vigor hasta que el primer grupo de profesores vampiros de sombras plante debajo una mesa, unas sillas, con avidez, confortados en la esperanza de un alivio térmico casi imposible.

Pasarán los meses y ya no nos acordaremos de todo esto, saltará agosto y regresaremos a Los Albares el primer día de septiembre, dispuestos, como siempre, a cometer estos albaricidios y otros que no he querido nombrar por no alargar más esta agonía de artículo, que con setecientas cuarenta y seis palabras ya basta.

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