María Bernal Moreno (profesora de Lengua Castellana y Literatura)

In memoriam
¿Quién nos presta una escalera
para subir hasta el cielo, para decirle
a nuestra compañera lo mucho que
la queremos? Ese Jueves Santo
de saetas se llevó sin pena a una
persona muy buena.
A María José, compañera y amiga.
Con el viento meciendo las ramas de los árboles, que hasta parecieron tornarse grises en esta época de la primavera, de esa tarde de Jueves Santo de saetas, te marchaste sin hacer ruido, con un sigilo discernido, desde tu más estricta y elegante prudencia, al estilo de Antonio Machado, en esa máquina que no va a retornar, ligera de equipaje como los hijos de la mar.
Has dejado un vacío inexorable que duele punzantemente, que escuece, como las sucesivas y constantes gotas de limón, que caen en una herida infectada, y que resquebraja, como el cristal roto que, primero, acaricia y, después, se sumerge en la piel para hacer daño. Créenos, va a ser muy difícil reparar esta sensación de angustia, de ahogo y de desconsuelo, cada vez que nos golpea con fuerza la idea de que ya estás en el cielo. O, ¿quién sabe? En algún lugar al que se viaja sin billete de vuelta. ¡Qué pena y qué tristeza has dejado! Y es que las personas, que dejan huella sin parar, son difíciles de olvidar.
Y así te notamos presente, con el recuerdo de una sonrisa dulce, sincera, sensata y corriente; con las palabras susurrantes de confianza, de lealtad y de discreción con un tono relajado y sin nada de alteración; con ese abrazo reconfortante e iluminador en los momentos de bajón y con el júbilo, todavía amargo, de que despacio y reconciliando, se vive mejor.
Fortuna la nuestra por haberte tenido, por haber aprendido, por no dejar en ningún momento que nos hubiéramos rendido y por recibir la incondicionalidad de una ayuda por la que te estamos muy agradecidos. Porque solo mereces palabras de halago, esas que tanto empleaste cuando hacíamos bien algo, esas que tanta esperanza nos han aportado y esas que echaremos de menos, ahora que lamentablemente nos has dejado.
Decía Miguel Hernández que “no perdonaba a la vida desatenta”, esa que hace seis meses te golpeó con aires de grandeza. Pero supiste plantarle cara y no rendirte a pesar de las consecuencias, porque la ilusión de vivir siempre la llevaste por bandera. Y de la filosofía aristotélica, tomaste el objetivo de la existencia: ser feliz a cada instante, independientemente de lo que sucediera. Y en cada mensaje nos demostraste que cuando la vida te pone a prueba, siempre hay que buscar aquello que te consuela. Visualizamos a cada instante que pronto te recuperarías; en el instituto te queríamos de vuelta, más fuerte todavía. Y, sin embargo, tu silla, que guardábamos con anhelo, se vuelve a quedar vacía y esta vez sin regreso.
Y después del mensaje de aquel 15 de enero que nos hiciste llegar, solo era cuestión de paciencia, solo era dejar pasar el tiempo y que tu cuerpo respondiera. Y a tientas supiste lidiar esta tormenta, pero la vida es tan cruel y traicionera que quiso acabar con una persona extremadamente buena. Y, a pesar de todo, el sol brillaba en tu rostro, porque así eras tú, radiante y con ese semblante tan cariñoso.
Y ese Jueves Santo de saetas, mientras los nazarenos y cristianos lloraban metafóricamente la muerte de Cristo, nosotros fuimos la parte real de una metáfora a través de la cual, tu ausencia fue sufrimiento. Fue ese Jueves Santo de saetas entonadas cuando toda la esperanza que teníamos empezó a debilitar su latido, la llama del entusiasmo, que entre todos avivamos con una fuerza impetuosa durante estos meses, empezó a mitigarse como tu enorme y, en ese instante, frágil corazón, ese que tenías cargado de ternura, de ayuda, de amor, de amistad y de comprensión.
Vuela alto, compañera, y encuentra pronto la paz y el descanso que tan a pulso te has ganado en esta vida. Muchas gracias por todo, María José.

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