José Luis Tudela, lector maldito (profesor de Griego y Latín)

Charles Bukowski, paradigma del poeta maldito. Este dijo aquello de «la mayoría de la gente va del coño a la tumba, sin que apenas les roce el horror de la vida.» la foto no es una pose, evidentemente.
Ha publicado el profesor José Ramón Ramírez Torrano, compañero, amigo, gran persona y humanista, a principios de abril, en La Mandrágora, un artículo precioso, apreciado y muy preciso, cuya lectura sosegada y atenta recomiendo encarecidamente, en un ratico perdido de la tarde, con lluvia o sin lluvia, porque es admirable su acierto y frescura, la sutil permeabilidad del humor entre sus sílabas. Pero ahora quiero detenerme en el título, uno de sus mayores aciertos: LEED, MALDITOS. El texto que se desarrolla bajo esta frase todavía no será objeto de mis reflexiones: tenéis que leerlo, malditos, no os lo perdáis. Aparte de todos los referentes que se sugieren entre el imperativo y la apelación, me da por resaltar el uso de la coma. Lo aviso: pretendo escribir aquí chorrocientas palabras sobre una humilde coma. Ya veremos.
Malditos: participio de maldecir, es decir, su resultado. Con la coma o sin la coma, o a la vez: malditos que deberían leer malditos. Y malditas también, se supone en esa neutralización del masculino. No sé si permiten los tiempos estas exquisiteces, pero, por si acaso, advierto a las malditas de que están incluidas en el término. José Ramón ha introducido una coma, considerando una apelación a sus lectores, y lectoras. Se trata de un vocativo bastante rotundo, llamativo, casi una interjección. Excede, por supuesto, del significado literal de maldecir para acceder a un apelativo cercano, casi cariñoso, sutil intrusión en el animus legentis. Podría equivaler a “leed, idiotas”, o “leed, cabrones”, si se me permite la expresión, pero este “malditos” no ofende, se nota solamente como un empujoncito, unos manotazos del tío José Ramón en mitad de la espalda de alguien conocido (o conocida, no sé).
¿Y si suprimimos la coma? Se puede alegar que nuestro profesor la dejó caer ahí para algo, y no debería tocarse, virginal. Eso ya lo sé, pero tengo el día traviesillo y retozón, como muchas otras veces, y me atrevo a quitarla como simple coma. Vamos, que no la he visto. Ahí va sin ella: LEED MALDITOS. Ahora se abre un espacio libre entre las dos palabras, y eso convierte a “malditos”en objeto de lectura: ya no es el sujeto que lee, sino lo que se debe leer, legendum, o legenda. No nos despistemos con los latinajos. Sin coma, se entienden como objeto de lectura palabras malditas, textos malditos, incluso autores malditos (y malditas, que no se escapen), aquellos que de alguna manera han traspasado la sutil membrana de las convenciones sociales, políticas o sociales, hasta donde les dijeron que nunca se debía ir. Hay muchos, sobrados: desde aquel Lucrecio que se atrevió a poner en verso excelente la física atómica hace más de dos mil años, pasando por el índice de libros prohibidos por la Iglesia, o por otros fanáticos, hasta escándalos como los de Baudelaire, Wilde y Bukowski. Pero ahora no escandaliza casi ninguna obra literaria, porque leer se ha convertido en un vicio privado sin apenas trascendencia en el ámbito público o social, apenas un rictus de asquito en los labios de quienes presumen de no leer, como si hubieran observado una manchita de huevo en la pechera de una camisa nueva o, a lo sumo, una cucaracha muerta en el suelo de baño ajeno. En fin, ya no hay textos ni autores malditos, porque no importan a casi nadie. La Inquisición, en esto, ha triunfado. Qué pena.
Yo sugiero que, como lectores en peligro de extinción, nos detengamos en ese título. LEED, MALDITOS. Y que dejemos la coma, y luego la quitemos, y volvamos a ponerla, para quitarla a continuación, así diez veces, cien o mil, lo que haga falta hasta que, en un arrebato catuliano, extraviemos la cuenta de comas y espacios, y la noción de lo que debemos leer o no leer, esas dos humildes palabras, con coma y sin coma entre ellas. Detengámonos, malditas y malditos todos nosotros de tanto haber leído, en aquellos textos malditos que se nos abren como flores de retama y ya casi nadie conoce en esta maldita época repleta de mediocres y analfabetos.
Se quiere ignorar, de eso no cabe duda. Eso es una nueva aspiración humana, contra naturam.Todo se vuelve cancamusas, y de las torpes. Ya casi nadie es capaz de preguntarse, como apunta José Ramón con su ácido característico, si da más gusto hacerlo boca arriba o boca abajo, o de costado. Según el momento, boca arriba, boca abajo, de lado… lo que prefiráis, pero leed. Leed ya malditos, malditas y malditos.
Como dijo un sabio, bendito él, “para leer y para amar… todo es empezar.”

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