Manuel Martínez Morote (profesor de Geografía e Historia)

Como querencia inmutable ha vuelto a coincidir la Resurrección Católica con la de la naturaleza. Otra vez la repetición de comportamientos, de ritos perpetuados bajo los cielos de abril y el olor que tienen los alhelíes morados de la huerta. Olor a Semana Santa, que no es cosa de poco valor y sí de mucha importancia e injundia, porque el olfato nos devuelve a instantes puntuales de nuestra vida; a determinados olores y sabores, asociamos recuerdos de cuando fuimos jóvenes y esperábamos casi con desesperación el delirio de las flores sobre el oro de los tronos, el vaivén de los pasos, la sonrisa de la vida recién estrenada.

Porque si la meteorología se apiada de nosotros,  rozando el alba, volverán a ser los cielos azules y despejados, tan de temprano que todavía los gorriones más audaces, desde el alfeizar de alguna ventana, no adivinaran el devenir de los despertares gloriosos del Domingo de Ramos, cuando se abre el portón de los dormis y, la burrica, del maestro Carrillo, levita sobre los hombros de los anderos, que así renacen en la salida nueva con sus túnicas penitenciales, moradas, como el color sagrado de los alhelíes  y de los lirios silvestres.

Hay bullicio en los ánimos y en los corazones, un gozo sempiterno que se va inflamando poco a poco, que como una surgencia de emociones predecibles y esperadas, despierta para renovar encuentros con personas que solo en estas fechas intercambian abrazos, palabras y aconteceres, y que son como esos vencejos que trazan los aires con estelas invisibles a las siete de la mañana, o como la risa que el río cercano tiene en los correntalares del barbo, como la luz hiriente y profunda del mediodía en la solana de la Atalaya.

Es el tiempo también de la música, de las notas que en la partitura resurgen cada Pascua por escoltar, con sencilla belleza, al monotelismo religioso del Cinquecento, a Trento; tan del sur y contrareformista. Armonía elevada a la plenitud por músicos de conservatorio y estudio, marchas que se convierten en arias, soplos tan dulces y delicados que tienen el poder de tornar la muerte en sueño cuando el Viernes Santo por la noche el Santo Sepulcro entra en la calle del Cid y la torre de la iglesia clama en la noche su tristeza secular.

Se nota también la necesidad de desechar el invierno, de volver a la calle y llenar las plazas de vida al aire libre. Necesidad de cortejo y acicalamiento para menesteres divinos y humanos, para cumplir con los lugares comunes que son todas las tradiciones, incluso las que no lo son; pan dormido como sustento básico de anderos y nazarenos, de espectadores que se rinden al olor que exhala alguna confitería vetusta del casco antiguo. Necesidad de volver atrás mientras al hacerlo nos rememoramos de niño recorriendo las calles de la carrera, apresuradamente, para salir en el desfile o para verlo, de la mano de nuestros padres, tan grandes e imponentes, tan eternos en nuestros pechos de huérfanos forzosos.

Quizás por ello, la vuelta de la Semana Santa lleva también una carga de congoja, un lugar insondable donde se van archivando algunos de los momentos que nos forjaron en lo que vamos siendo a lo largo nuestra existencia, porque hay amistades verdaderas que se levantaron al amparo de las andas, y risas que solo pudieron existir en la espera de los relevos, y que irremediablemente van quedando lejanas, que se conservan intactas pero que al mismo tiempo nos subrayan que la vida pasa para todos, que es fugaz y  que aquellos muchachos, imparables y afanosos, aquellos que hoy se mesan el cabello plateado,miraron en su momento fotografías en blanco y negro de otras juventudes para ser conscientes de su propio instante,para saber que ellos mismos susurrarán alguna vez sus Pascuas desde las imágenes apresadas para burlar al olvido y ser desde la muerte.

Mientras todo llega puntualmente, ya se huele a Semana Santa, a los alhelíes morados de la huerta y al pan dormido, y hay vencejos en los cielos y golondrinas y abejarucos, y flores de azahar en los naranjos y margaritas entre los olivos, y la torre de la iglesia, con su tristeza de siglos, vigía de amores desaforados, espera vestirse de hueso con la luna llena de Jueves Santo.